Mujeres al poder
civil y eclesial
J. Antonio Doménech Corral
En distinta proporción las mujeres han entrado a
formar parte del gobierno civil y de la Iglesia católica. Pero en ésta
representa un novedoso paso importante que ha dado Juan Pablo II, el Papa
que más ha dicho y hecho por la dignidad de la mujer.
El antropólogo español y
catedrático emérito Jordi Sabater Pi, 30 años en África Occidental
estudiando las etnias, enseñaba que de antiguo era la mujer más lista que
el hombre. Porque mientras el hombre empleaba sus energías en la
agresividad, la mujer lo hacía en el aprendizaje de las cosas; de manera
que ella las capta antes y mejor. Y esto lo debió tener en cuenta nuestro
nuevo presidente de Gobierno cuando se decidió por implantar el novedoso
principio de la “paridad”, a la hora de componer la lista de su ejecutivo,
modelándolo con un 50% de féminas. Igual número de hombres que de mujeres.
Lo prometió y cumplió. Aunque más le hubiera valido recurrir a la manida
norma de seleccionar a los más inteligentes, expertos y mejor preparados,
hombre o mujer. Porque seguro que no nos hubiéramos llevado en la capital
comunitaria ese llamado “revés de Bruselas”, sufriendo un gran varapalo en
las negociaciones de la nueva ministra de Agricultura, Elena Espinosa,
sobre las ayudas económicas europeas al sector del aceite y del algodón.
¡Quién lo hubiera sospechado confiando -como se confiaba- en la ayuda
franco-alemana, tras recuperar su amistad con el resultado de las
elecciones!
Sin embargo, para Juan Pablo II,
que a los veinticinco años de pontificado por fin ha decidido sumarse a
las modernas tendencias designando a una mujer para ocupar un cuerpo
destacado en un dicasterio romano, nada de “paridad”. El 1% y basta. Pero
ese 1% tiene muy bien ganada y contrastada su capacidad. Porque una monja
salesiana italiana, Enrica Rosanna, de 66 años de edad, acaba de ser
nombrada subsecretaria de la Congregación para los Institutos de la Vida
Consagrada. Es decir; para ocupar en categoría, responsabilidad y poder
jurisdiccional, el tercer lugar de un dicasterio vaticano que equivale a
un ministerio gubernamental, tras el cardenal presidente de dicho
dicasterio y el obispo secretario. El más importante al que haya accedido
nunca una mujer en las instancias pontificias. Lo cual, y contando además
con otros tres nombramientos habidos de teólogas para otras tantas
comisiones romanas, hace suponer que se ha abierto para el mundo femenino
el cerrado gobierno de la Iglesia. ¡Y qué lejos queda ya en la historia
aquellas palabras de san Pablo “las mujeres callen en las asambleas”! Y el
asignarles en ellas, como consecuencia, las funciones más humildes como
limpieza, cuidado de altares, ornamentación, etc.
Porque, si bien es cierto que
Cristo no eligió ninguna para formar parte del grupo de los “Doce”,
exclusividad de hecho que la tradición católica interpretó de derecho, no
es menos cierto que él mismo vio a las mujeres de una forma nueva y
revolucionaria para su tiempo, llamándolas a vocaciones de primerísimo
plano. Ellas le siguieron a todas partes como verdaderas discípulas, más
fieles que los “Doce”; puesto que ni le negaron, ni le abandonaron una vez
condenado a muerte. Y él las distinguió con la prioridad del testimonio y
anuncio de su resurrección. Antes que a los “Doce”, hombres.
Es verdad que a partir del
Vaticano II el papel de la mujer en la Iglesia había prosperado
ostensiblemente al admitir su concurso como “lectoras” de la Palabra en
las Misas y “ministras extraordinarias” distribuyendo la eucaristía en la
comunión. Pero no era suficiente para lo que en justicia le correspondía.
Se hacía necesario este primer paso importante que acaba de dar Juan Pablo
II, el Papa que más ha dicho y hecho por la dignidad de la mujer.
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