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La última cena y La Pasión

Pbro. Roberto Visier

El mandato de Jesús: “Hagan esto en memoria mía” y la aseveración de Cristo de que el pan y el vino SON su cuerpo entregado y su sangre derramada, entendida e interpretada siempre por la Iglesia, a lo largo de dos mil años, en sentido literal, llevan a la conclusión de que entre la ofrenda hecha de si mismo en la última cena y la del calvario no hay una diferencia esencial.

Me parece interesante seguir comentando algunos aspectos de la película “La Pasión de Cristo” de Mel Gibson, porque me da la impresión de que la riqueza de símbolos del film y los recuerdos de Jesús o de Juan Evangelista que usando el recurso de la retrospección, se relacionan en la película con momentos muy puntuales de la pasión de Cristo, pueden pasar desapercibidos para el que no esté muy empapado en la doctrina católica. Porque una cosa sí hay que decir; y es que la película tiene un “sabor católico” indiscutible. Sin duda disfrutarán de su profundo contenido religioso todos los que creen en Cristo como Redentor de la humanidad, pero hay muchos detalles que reflejan una perspectiva claramente católica. Sobre todo me refiero a dos puntos: la conexión entre la última cena y la pasión y la actitud de María, la madre de Jesús.

Detengámonos hoy en las fugaces escenas de la cena pascual de Jesús con sus discípulos. Llegado Jesús exhausto al Calvario, cuando va a ser despojado de las vestiduras, recuerda el momento en que se presenta el pan ácimo en la mesa del cenáculo, donde la noche anterior se había reunido con sus apóstoles a celebrar la cena pascual. El pan aparece cuidadosamente envuelto en un paño pero inmediatamente Jesús “desnuda el pan” para compartirlo con sus discípulos. Hay aquí un claro paralelismo entre el pan que se saca de su envoltorio de tela y el cuerpo de Cristo que es despojado de su túnica para ser clavado en la cruz. Asimismo en el instante en que es alzada la cruz, donde ya ha sido “cosido” por los clavos el Rey de los judíos, se recuerda el momento en que Jesús elevando en sus manos el pan pronuncia las palabras: “esto es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros”. Finalmente, deteniéndose la imagen en el cuerpo macerado de Jesús que destila sangre por todas partes, se presenta a continuación la elevación del cáliz en la última cena con las palabras de Jesús: “esta es la sangre de la nueva Alianza que va a ser derramada para el perdón de los pecados”.

Naturalmente esto revela la conciencia, más aun la presciencia que tenía Jesús del modo cómo iba a morir y la aceptación de su sacrificio como una verdadera donación o entrega personal, lo que se manifiesta a lo largo de toda la película. Es una profecía cumplida. Pero más allá de esta importante constatación, está la identificación casi total que, según la teología católica, existe entre los dos momentos: las palabras de Jesús sobre el pan y el vino en la última cena y la inmolación de Cristo en la cruz. El mismo Mel Gibson, católico practicante al igual que el protagonista Caviezel, ha afirmado que para él su película es como una Misa. Efectivamente, la Santa Misa o celebración de la Eucaristía es más que una reunión litúrgica, o un encuentro de oración y reflexión bíblica. El mandato de Jesús: “Hagan esto en memoria mía” y la aseveración de Cristo de que el pan y el vino SON su cuerpo entregado y su sangre derramada, entendida e interpretada siempre por la Iglesia, a lo largo de dos mil años, en sentido literal, llevan a la conclusión de que entre la ofrenda hecha de si mismo en la última cena y la del calvario no hay una diferencia esencial. Son el mismo y único sacrificio. En la Misa ofrecido de un modo misterioso, sacramental e incruento (sin derramamiento de sangre), en la cruz de un modo cruento.

De este modo Cristo, con originalidad divina, habría inventado el modo de perpetuar su ofrecimiento hasta el fin de los tiempos, pues, como dice San Pablo: “Fíjense bien: cada vez que comen de este pan y beben de esta copa están proclamando la muerte del Señor hasta que venga. Por tanto, el que come el pan o bebe la copa del Señor indignamente peca contra el cuerpo y la sangre del Señor. Cada uno, pues, examine su conciencia y luego podrá comer el pan y beber de la copa. El que come y bebe indignamente, come y bebe su propia condenación por no reconocer el cuerpo” (I Cor. 11, 26-29). No es que cada vez que se hace la conmemoración de la Cena del Señor vuelva Jesús a morir, pero sí ofrece su cuerpo y su sangre por la salvación del mundo. Quiere decir esto que para el católico, una Misa debe ser presencia del sacrificio de Jesús, mucho más que una producción cinematográfica. El cine es ficción, la celebración eucarística es realidad por la eficacia de las palabras de Jesús y por el poder del Espíritu Santo. Estar en la Misa, participar conscientemente en ella, es tener la oportunidad en la fe de estar con Jesús crucificado y poder participar de en su muerte y RESURRECCIÓN. Es ser realmente protagonistas de la Redención con Cristo.

 
 

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