María en La Pasión
Pbro. Roberto Visier
Una aproximación a la imagen de María que nos da la
película.
Si nos detenemos a examinar
quién es el actor secundario que cobra un mayor protagonismo en la
película de la Pasión de Mel Gibson, no cabe duda de que nos inclinaremos
hacia esas dos mujeres, María Magdalena y la Madre de Jesús, que junto con
el apóstol Juan, son las que se pasan toda la película siguiéndole los
pasos a Jesús sufriente. San Juan ocupa un lugar destacado pero silencioso
y el bello rostro lloroso de María Magdalena está todo el tiempo adornando
cada escena con ese toque de ternura femenina. Sin embargo ambos aparecen
dulcemente dependientes de la madre, de más edad, de mayor autoridad, por
ser “LA MADRE”, que ser la de Jesús no es cualquier cosa. Su protagonismo
en la película, después de Jesús, es ineludible y no deja de tener un
sabor muy católico. Esto no le sabrá muy bien a algunos cristianos no
católicos, más por su aversión a lo que huela a católico que por su
aparente prevención con lo que se refiere a María. Dudo mucho de que
alguien razonable tenga algo contra la buena madre de un buen amigo.
Pero hagamos una aproximación a
la imagen de María que nos da la película. Lo primero que llama la
atención es que los apóstoles la llaman “madre” lo que indicaría una
especial relación de cercanía. Simón Pedro confiesa ante ella su pecado
después de la negación, ella lo mira con compasión. En ese mismo
escenario, después de contemplar el juicio de Jesús por parte del
Sanedrín, ella se dice a sí misma: “Ya comenzó, hágase”. Con ello
manifiesta una clara conciencia de la misión del Hijo de redimir al mundo
por medio del sufrimiento y a la vez lo acepta como una prueba durísima
por la que ella también tiene que pasar. Esto evoca dos escenas del
evangelio de San Lucas: el “hágase en mí según tu palabra” en la
anunciación del ángel (Lc. 1, 38) y las palabras proféticas de Simeón “una
espada de dolor te traspasará el alma” (Lc.2, 35).
Otra escena, por cierto muy
original, es aquella en la que las dos Marías recogen la abundante sangre
derramada por Cristo durante la flagelación. Con ello se quiere indicar el
valor de la Sangre preciosa de Cristo, capaz de salvar mil mundos. El
gesto de la Madre de Jesús de empapar unas telas en esa sangre, indica el
deseo de que no se pierda ni una sola gota, como queriendo decir que no se
debe dejar que la sangre de Cristo caiga en el suelo y quede infecunda.
María Magdalena no entiende muy bien el gesto de Santa María, pero lo
imita intuyendo algún misterio escondido para ella pero manifiesto a la
Madre.
En la calle de la amargura ella
desea seguir al Hijo lo más cerca posible. San Juan, que parece conocer
bien Jerusalén, la lleva por callejuelas anexas para salvar la multitud y
ponerla muy cerca del Nazareno que carga su cruz con dificultad, extenuado
y acosado por soldados romanos y gente del pueblo que le grita y desprecia
mientras otros se lamentan a grandes voces. He leído en algún comentario
que en ese momento María duda. No me parece que sea la palabra exacta.
María vacila, pero no porque dude de su Hijo, ni quiera para echarse atrás
en su propósito de seguirle hasta el calvario, sino porque la angustia de
ver a su hijo de frente cargando esa enorme cruz, golpeado y despreciado,
la atormenta de tal modo que parece no poder soportarlo en ese momento. El
recuerdo de que como madre debe asistir al hijo caído, como cuando era un
niño, le hace correr hacia Cristo caído bajo el peso de la cruz. La escena
es conmovedora y con una fuerza grafica descomunal. El hijo le comunica el
sentido redentor de su sacrificio con palabras que quizás sólo ella podía
comprender: “Madre, mira como todo lo hago nuevo”; a la vez se siente
inmensamente confortado por la presencia de la madre y se levanta como un
coloso para seguir su camino hacia la muerte. La película subraya lo
asombroso de la escena con la perplejidad del soldado que pregunta quién
es esa mujer que ha consolado tan eficazmente al condenado.
Sería interminable profundizar
en todos los detalles marianos de la película. Terminemos haciendo notar
que la actitud de la Madre en el Calvario y en el descendimiento de Cristo
contrasta con otras producciones que han querido relatar los mismos
sucesos. María aparece aquí con una entereza y una valentía de gigante. Su
dolor es agudísimo y sus lágrimas abundantes, pero permanece de rodillas o
en pie, no se desvanece, no grita presa de la desesperación o la histeria,
ni siquiera para manifestar el mar de dolor que la inunda. Su serenidad es
proverbial. Besa los pies de Cristo y empapa sus labios en la sangre del
Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y para demostrar la
identificación entre los sentimientos de la madre y del hijo, que no son
sólo de sufrimiento sino de ofrecimiento del sacrificio exclama: “¡Carne
de mi carne, corazón de mi corazón, déjame morir contigo!”.
No pido que aquellos cristianos
que no amen a María, como todo buen católico lo hace, asuman o entiendan
este papel protagónico de María, siempre al servicio de Jesús, pero sí que
comprendan que es muy lógico que la elegida para ser madre de tal hijo
estuviera a la altura de las circunstancias.
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