Formadores laicos en
el seminario
Roberth Phoenix
Los jóvenes seminaristas, son sin duda un tesoro
dentro de nuestro seminario, pues van descubriendo sus propias vocaciones
sacerdotales o laicales, siempre al servicio, demás de sus capacidades
para compartir con la humanidad.
Cuando me preguntan cómo ingresé
a dar clases al Seminario Palafoxiano, normalmente la gente lo hace con
una expresión de sorpresa, lo cual es bastante comprensible considerando
que soy laico, sin embargo lo cierto es que no ha sido nada fácil dicha
tarea, de hecho el reto comenzó mucho antes de aceptar la oferta.
Verán, para mi siempre ha estado
claro que “el deber de fomentar las vocaciones atañe a toda la comunidad
cristiana, la cual ha de atenderlo ante todo con el ejercicio de una vida
plenamente cristiana” (FS 2), y doblemente en mi caso, pues me he dedicado
por varios años a la docencia, teniendo siempre presentes las encomiendas
del Concilio Vaticano II al respecto: “Los maestros y cuantos de una
manera u otra se ocupan de la formación de los niños y de los jóvenes,
principalmente las asociaciones católicas, procuren educar a los
adolescentes a ellos confiados de suerte que puedan sentir y seguir
gustosos la vocación divina.” (FS 2)
En éste caso fue a través de una
buena amiga a quién conozco desde hace años y con quién he trabajado en
diferentes apostolados, que la oferta por parte del Padre Dagoberto Sosa
Arriaga, Vicerrector del Pontificio Seminario Palafoxiano Angelopolitano
de ingresar como parte del profesorado, llegó a mi vida.
Al principio fue difícil tomar
la decisión, pues en definitiva el participar en la formación de futuros
sacerdotes es una gran responsabilidad. Incluso tuve que consultarlo con
mi guía espiritual, quién me hizo notar que era necesario para mí, cambiar
mi concepto sobre que el sacerdote guía al laico y no al revés, pues los
laicos también podemos participar en la formación de nuestros futuros
clérigos, pues todos somos Iglesia.
Y que además “el deber y el
derecho del seglar al apostolado deriva de su misma unión con Cristo,
robustecidos por la confirmación de la fortaleza del Espíritu Santo, es el
mismo Señor el que los destina al apostolado. Son consagrados como
sacerdocio real y nación santa para ofrecer hostias espirituales en todas
sus obras y para dar testimonio de Cristo e todo el mundo.” (AS 3)
Si he de ser sincero, al
principio fue extraño, pues a pesar de haber trabajado con jóvenes por
varios años, el saber que éstos muchachos podrían ser nuestros futuros
guías, era realmente maravilloso e inquietante. Sin embargo, poco a poco,
fui conociendo a mis alumnos, en los cuales he podido descubrir muchas
cosas, pero especialmente dos situaciones que llamaron poderosamente mi
atención.
La primera es que ante todo
estos muchachos siguen siendo hombres, y lo digo en todo el sentido de la
palabra, es decir, con cualidades y defectos como cualquiera, con sus
limitaciones y sus dones. Son a pesar de la vocación, muchachos como
cualquier otro, que viven, ríen, juegan, lloran, sufren, se divierten y
maduran día con día. Y es parte del deber de nosotros los formadores
apoyarlos para integrarse y desarrollar sus habilidades: “En los
seminarios menores erigidos para cultivar las semillas de la vocación,
dese a los alumnos, por medio ante todo de la conveniente dirección
espiritual, una especial formación religiosa que les disponga a seguir a
Cristo redentor con espíritu de generosidad y pureza de intención.” (FS 3)
El otro aspecto es por supuesto
la maravillosa disposición para apoyarse unos a otros como una verdadera
comunidad, pues sin importar los distintos gustos, las capacidades, las
limitantes o la formación, todos absolutamente se demuestran un apoyo
incondicional. De hecho, el trabajar con estos jóvenes me ha recordado
especialmente a las primeras comunidades cristianas, donde la diversidad
humana está presente, al igual que la sed de Dios.
Los jóvenes seminaristas, son
sin duda un tesoro dentro de nuestro seminario, pues van descubriendo sus
propias vocaciones sacerdotales o laicales, siempre al servicio, además de
sus capacidades para compartir con la humanidad, y me refiero no sólo al
aspecto religioso sino al aspecto cívico, al aspecto humano y por supuesto
al espíritu alegre que los caracteriza.
Ser un profesor laico de éstos
jóvenes seminaristas ha sido una de las experiencias más extraordinarias
que he podido vivir, pues he podido valorar las vocaciones laical y
sacerdotal, y espero de corazón que lo poco o mucho que pueda aportar mi
persona pueda servir para que el día de mañana tengamos sacerdotes o
laicos comprometidos con Cristo y con los demás, que puedan a su vez
influenciar a muchos otros jóvenes que o necesitan.
Al respecto “el Santo Concilio
agradece a los sacerdotes, religiosos, religiosas y seglares que con su
entrega evangélica se dedican a la educación y a las escuelas de todo
género y grado, y los exhorta a que perseveren generosamente en su empeño
y a que se esfuercen por sobresalir en la formación de los alumnos, con
espíritu cristiano, en el arte de la pedagogía y en el estudio de las
ciencias.” (Ed Conclusión)
Cosas que pasan en la Ciudad
Levítica...
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