España necesita
espiritualidad tras el 11-M
Jose Ignacio Munilla Aguirre
El nuevo gobierno español no está más cerca de
doctrina social católica y conlleva que a los católicos españoles se les
plantea ahora un reto de primera línea.
Los sucesos del 11 de Marzo en
Madrid provocaron una auténtica convulsión social, de la que se derivó un
vuelco electoral. En medio de ese impacto emocional, el electorado castigó
a un gobierno que se había aliado con la posición beligerante de EEUU en
la guerra de Irak, haciendo caso omiso de las orientaciones morales de
Juan Pablo II. En efecto, en repetidas ocasiones el Santo Padre había
recordado que era injustificable una guerra preventiva, en consonancia con
la tradición moral católica que siempre ha afirmado que la legítima
defensa es la única circunstancia en la que cabe justificar moralmente una
guerra.
Pero el problema está en que la
opción política que ha ganado las elecciones no está más cerca de doctrina
social católica, por mucho que en el punto concreto de la guerra de Irak
su planteamiento coincidiese con el ideario cristiano. Todo ello conlleva
que a los católicos españoles se les plantea ahora un reto de primera
línea. Tengamos en cuenta que en el programa electoral del PSOE se
incluían muchos puntos abiertamente contrarios a la moralidad católica:
experimentación con embriones, aborto libre, matrimonio de parejas
homosexuales, ideario laicista en la constitución europea, maltrato de la
clase de religión en particular y de la enseñanza en general....
¿Una desgracia, a decir de
algunos; o, una ocasión de gracia que la providencia nos ofrece para
purificar y madurar nuestro catolicismo? Estamos plenamente convencidos de
lo segundo. No olvidemos que la degradación moral de España estaba ya
teniendo lugar a uno ritmo muy acelerado, bajo unos gobernantes de
tradición demócrata cristiana. La providencia querrá a buen seguro que
aprovechemos el momento histórico para que nos tomemos en serio el
conocimiento y la aplicación de la doctrina social católica. Es una
ocasión de oro, para plantear las cuestiones en su esencia. Por desgracia,
nos estábamos acostumbrando a un debate político en el que el único
argumento utilizado para frenar las reivindicaciones inmorales era el mero
hecho de que no fuesen una "prioridad de la demanda social". Pues bien, ya
no cabe recurrir a ese argumento sociológico, puesto que las demandas que
se nos van a plantear son, nada menos que compromisos electorales (aunque
todos sabemos que muchos votantes las avalaron sin ser conscientes). Ahora
ha llegado el momento de debatir las propuestas en base a argumentos
morales, y no meramente sociológicos. La providencia nos da la oportunidad
de abordar la construcción de una sociedad justa.
Como botón de muestra, el primer
reto que se ha planteado tras el 11-M ha sido el propósito manifestado por
los actuales gobernantes de apoyar un proyecto de constitución europea que
ignore las raíces cristianas de este continente; así como de paralizar la
ley de reforma educativa aprobada por el gobierno anterior. El nuevo
presidente parece dispuesto a poner por obra aquellas palabras que
pronunció en campaña electoral: "¡más gimnasia y menos religión!".
Así queda patente la incapacidad
de dar respuesta a la necesidad de rearme moral de esta nación tras el
11-M. ¿Creemos que con una mera alternancia en el gobierno de la nación ya
se ha dado respuesta suficiente a la crisis cultural que aquella tragedia
terrorista supuso? El 11-S de New York y el 11-M de Madrid han dejado al
descubierto en Occidente la fragilidad en la que se sustenta nuestro
bienestar. El problema no se limita a una cuestión de seguridad, sino que
alcanza de lleno al sentido de nuestra existencia. Los terroristas
islámicos lo han explicado en más de una ocasión: "amamos la muerte más de
cuanto vosotros amáis la vida". Y aquí radica la profunda fragilidad de
Occidente: Ellos pueden permitirse el lujo sacrificar muchas vidas humanas
en su concepto de guerra santa, mientras que nuestra opinión pública se
derrumba ante la posibilidad de la muerte, porque ha perdido el concepto
de martirio. Nosotros no amamos ni la muerte, ni la vida: solo estamos
apegados al bienestar.
No olvidemos aquellas palabras
de Jesús en el Evangelio: "Y no temáis a los que solo pueden matar el
cuerpo, pero no pueden matar el alma..." Lo peor no es que nuestra vida
terrena sea potencial objetivo de los terroristas, sino lo más dramático
es que Occidente esté en camino de un suicidio espiritual colectivo.
El 11-S trajo consigo un rearme
espiritual en Norteamérica. Muchos sacerdotes católicos misioneros en New
York han dado testimonio de ello. ¿Han sido distintas las cosas en España?
También entre nosotros han existido signos que de una búsqueda del sentido
último de la vida ante estos acontecimientos. Es comentario general en
muchos de los obispados de España que la Semana Santa de este año ha sido
especial; tanto en asistencia, como en intensidad de búsqueda del sentido
religioso, como en otras manifestaciones de fe. Pero, cuando menos, hemos
de reconocer que, a diferencia del caso norteamericano, entre nosotros los
medios de comunicación han puesto sordina al planteamiento religioso que
se deriva de los atentados terroristas de Madrid.
¿Qué receta de espiritualidad se
nos ofrece en estos momentos trascendentales de nuestra historia?:
"Tolerancia", "todas las religiones son iguales", "la religión hay que
reducirla al ámbito personal"... ¡Todo ello nos lleva a aumentar el vacío
interior y la orfandad moral! Cristo y su evangelio se hacen más
necesarios que nunca en este momento histórico. ¡Ven Señor, te
necesitamos!
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