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El chupete de los adultos

Javier Arnal

La influencia de la televisión en los niños es innegable. A los adultos también nos influye la televisión, en mayor o menor medida según el tiempo que nos absorbe y nuestra capacidad crítica personal.

Para un niño, que se encuentra en un proceso de maduración tan voluble, no puede ser un juguete más. El problema es que, con frecuencia, es el juguete por excelencia, y lo es por comodidad de los adultos.

Es un problema en el que intervienen muchos factores, pero tampoco hay que caer en un excesivo barroquismo. Al fin y al cabo, la respiración humana puede calibrarse como un fenómeno complejo, o bien admitir que es un sistema existente que depende para la mayoría -salvemos a los que padecen alguna enfermedad que impide una normal respiración- de sólo una decisión: respirar o no respirar.

Todas las comparaciones tienen el riesgo de que sirven parcialmente. Comparar el uso de la televisión con la respiración tiene la ventaja de centrar el problema en la voluntad de las personas, y no invocar la complejidad del fenómeno.

En el caso de la televisión y los niños, todo conduce a la voluntad de los padres. Si los padres quieren, en buena medida los niños pueden ver la televisión sin excesivos riesgos, como también es una aventura viajar o pasear por la calle. ¡No exageremos!

Me hizo gracia, hace bastantes años, escucharle a un filósofo que el mando a distancia era el chupete de los adultos. Aunque nos disguste, es preciso reconocer que lo es con frecuencia. Descansar “desconectando” las neuronas, zapeando sin parar, hasta de modo compulsivo, no es precisamente educativo para los niños.

Nos informamos y nos entretenemos con la televisión: manifestar nuestra opinión, favorable o desfavorable, de palabra o por escrito, individual mente o como parte de colectivos tales como asociaciones de padres o asociaciones de toda índole, sobre ciertos aspectos de la televisión es la prueba de que no es nuestro “chupete”. Lo que sucede es que quienes trabajamos en televisión comprobamos la enorme pasividad del público ¡que pasa tres horas diarias frente al televisiór!

Hay que reconocer que es muy tentador contentar a un niño con la televisión, de modo que esté callado - que no es poco-. Y, aunque sea contrario a lo que sucede en muchos hogares, considero que es una imprudencia que el niño tengan un televisor en su habitación. Hay que complicarse un poco más la vida, y ver algunos programas con los niños, para que adquieran espíritu crítico, y no consentir que se pasen multitud de horas viendo la televisión. Y que existan más programas infantiles en la televisión, también.

Existen estudios que avalan la teoría de que la televisión impide en los niños que distingan la ficción de la realidad. También puede afectar en su rendimiento académico o en cultivar escasamente otros pasatiempos o esas inolvidables amistades infantiles que se quedan grabadas en nuestra memoria. La televisión puede y debe seguir mejorando - y los que trabajamos en este medio somos conscientes-,pero sin olvidar que los grandes responsables de la educación de los niños son los padres, que pueden encontrar en la televisión una gran ayuda educativa, si quieren y ponen los medios. O los padres asumen su responsabilidad o seguiremos debatiendo con escaso fruto y siempre responsabilizando a responsables que, en mi opinión, no son los principales. Por supuesto, es una opinión.

 
 

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