La religión como
delito
Y es que resulta que la religión en general, cualquier
religión en particular, se ha convertido en delito. ¡Era lo que faltaba!.
Siempre implorando por la libertad religiosa y ahora hemos descubierto que
la tal libertad no es ni más ni menos que la mascarada para el delito.
Nos estamos volviendo un ocho con el tema religioso.
Nos hemos metido, nos han metido, en un contexto de sospechas que no
sabemos en qué va a acabar. Las religiones han entrado en entredicho, y no
creo que sea por culpa de las creencias sino de las políticas que han sido
encumbradas al rango de las creencias. Cuando los políticos ponen a Dios
como testigo de su verdad están sacralizando algo que es absolutamente
mundano, y la mayor parte de las veces, corrompido. Hemos sostenido que
los fanatismos no son religiones, y los fanáticos no son personas
religiosas: muy al contrario son quienes denigran, quienes ennegrecen las
creencias, esas por las cuales dicen actuar. Si comenzamos a poner en
entredicho a las religiones, malo. Si comenzamos a instituir la sospecha
de lo sagrado como algo denigrante, malísimo. Hay que sostener lo
contrario, justamente lo contrario: la religión, la que sea, en cuanto
religión, es un principio salvador no un fin para la condena.
No estoy de acuerdo con el ministro del Interior
español, señor José Antonio Alonso. Me parece muy bien que le siga los
pasos a todo sospechoso de mancillar la condición humana, y el terrorismo
no es otra cosa que esa: mancillar la condición humana, pero no al extremo
de culpar a la religión como semilla de terrorismo: quieren controlar los
mensajes en las iglesias, mezquitas, pagodas, sinagogas, donde sea. Y eso
ya, de entrada, es simplemente un atentado terrorista. Quien cometa un
delito, que lo pague, eso sí; quien atente, de palabra o de obra, contra
la dignidad de los demás, que lo pague, eso sí. Pero eso de condenar por
principio, y eso de condenar de entrada al principio religioso, me parece
una insensatez que no cuadra ni con los principios socialistas ni con
ningún principio que se precie.
El ministro español ha tocado una llega que no debería
haber tocado: la de la sospecha de lo religioso porque sí. Y es que habrá
imanes perversos, no lo dudo, igual que obispos, popes, rabinos o como se
llamen. Y habrá que castigarlos según su grado de perversidad, pero no
porque sean lo que representan sino porque son perversos. Tampoco nos
hacen bien a quienes creemos. Pero de ahí a achacar los males políticos a
las religiones es no solo una falta de sensibilidad sino una falta de
conocimiento, señor ministro.
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