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Consideraciones sobre la libertad de expresión

Walter Turnbull

No conozco los pormenores ni todo lo que sucedió. Sé que se llevó a cabo hace unos días en la ciudad de Monterrey el evento “Espacio 2004” con la presencia de estudiantes y gente importante del mundo de la comunicación y el periodismo. Me tocó ver el final de un coloquio sobre la libertad de expresión. No se si era el tema central o simplemente el tema favorito.

Bajo la conducción del colmilludo periodista Joaquín López Dóriga, se pedía al selecto grupo de entrevistados (entre ellos el director nacional de Microsoft, el presidente del grupo Televisa, hijo del famoso señor Azcárraga, y el también famoso productor de buenos programas cómicos Mauricio Cleif) su opinión sobre la importancia de la libertad de expresión.

Obviamente todos estuvieron de acuerdo en sus bondades: Que la libertad de expresión es un derecho inalienable, que es necesaria para el progreso de la sociedad, que es saludable para una empresa el que todos puedan expresar su opinión, que en México se ha avanzado algo en este terreno... por supuesto que ninguno dijo que habría que abolirla.

Entre lo luminoso, se dejó ver una actitud general de apertura, de buena intención, de propósitos de colaboración y de preocupación por el bien de la sociedad. No hubo las clásicas actitudes prepotentes de burla o de rebeldía heroica. Se pronunció varias veces la expresión “libertad con responsabilidad”.

Entre lo turbio, escuchamos -vivir para ver- a López Dóriga hablando de ética. Declaró, con toda razón y con mucha claridad, que el periodista tiene que actuar con ética. Que la ética consiste -ahí sí ya no tiene la razón- en practicar lo que se predica; que no se vale decir una cosa y vivir otra. Lo llamo turbio porque eso que definió no es estrictamente ética, sino coherencia, y si bien la coherencia es fundamental cuando se predica el bien, puede ser dañina cuando se predica el mal. Esta concepción de la ética deja la puerta abierta al inmoral pero sincero que todos los liberales presumen ser y que tanto daño hacen al plan de Dios. La ética, aquí entre nos, es la ciencia de practicar el bien. También tenemos fuertes sospechas de que el comportamiento de los dueños de la comunicación hacia sus competidores, hacia sus empleados y hacia la sociedad no es precisamente ético.

Lo oscuro fue que casi nadie habló, o yo no lo capté, de los peligros del “libertinaje de expresión”; lo que sucede cuando no se ponen límites prudentes a este derecho y todo mundo acaba diciendo lo que se le da la gana. Se habló de responsabilidad, pero nadie habló de respeto. Por alguna razón la palabra responsabilidad es más adaptable y menos amenazante que la palabra respeto. Y más grave, finalmente, nunca oí la palabra “verdad”. “Obsesión por la verdad” predicaba Ghandi, “La verdad los hará libres”, predicó Cristo, y debería ser también el credo de los comunicadores. O es tan obvio que se da por sabido, o es tan exigente que prefieren ignorarlo, rodearlo, sustituirlo.

Esperemos que algún día todos estos hombres poderosos abran su corazón a Dios y dejando atrás expresiones ambiguas como comunicación, responsabilidad, apertura, sinergia, pluralismo, tolerancia, etc., podamos hablar de Cristo, de amor, de respeto y de verdad, que son los que realmente nos pueden salvar.

 
 

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