Maestro de nada,
doctores de todo
Víctor Corcoba Herrero
Reiterativamente confunde la sociedad el modo de
valorar a ciertas personas, más por lo que son, que por lo que ofrecen;
por su influencia, status social o profesión que desarrollan.
Olvidan las buenas maneras de ser maestro, como es la
de ser oyente de sí mismo. Los hemos sobrevalorado tanto que son un
auténtico peligro. Se creen dioses, con derecho a todo y contra todos. Nos
pierden y se pierden. Los talentos del buen estilo, para que germinen en
buen fondo y coherentes formas de vida, no nacen, ni maduran de la visita
a éste u otro centro educativo o universidad reputada, entre otras cosas,
porque faltan maestros vocacionales y sobran funcionarios de educación,
tampoco por la práctica de unos preceptos más o menos determinados, sino
del encuentro consigo mismo. Es ese trato íntimo del ser humano con la
vida, una continua educación, donde cualquiera puede ser maestro del otro.
No hace falta titulación alguna, ni poder alguno, para enseñar a vivir
desde el amor. En parte, la mediocridad nos desborda, por los muchos
doctores que tenemos, maestros de nada.
Faltan ilustradores que eduquen, con su manera de
actuar y ser, para la vida. Decía Albert Guinon, que gracias a la
instrucción hay menos analfabetos y más imbéciles. Ciertamente, lo de
saber más para servir mejor, es como buscar una aguja en un pajar. Los
tiempos, mucho me temo, no van a mejorar, si seguimos denigrando a los
verdaderos mentores de la vida. Europa se afana en la unión política y
económica, y lo celebra por todo lo alto, pero nada parece decirle el
sentido de lo trascendente del ser humano, del individuo como tal. Para
colmo de males, lo educativo también divide a España, según el político de
turno. ¡Qué bajo hemos caído! Porque si es bueno desarrollar profesionales
para ese mundo de los especialistas, antes de todo debe ser, lo de formar
ciudadanos para convivir y personas para amar.
Hemos relegado la verdadera instrucción, la del alma. A
mi juicio hay un culpable en todo esto, los maestros de la falsa
publicidad, que han priorizado el tener mucho para consumir más (el gran
negocio para las multinacionales), sin importarle el ser, con el que
juegan como si fuese un muñeco sin corazón, al que se le trata como un
producto más, como un símbolo sexual o una cosa a la que no se le respeta
en absoluto. Realmente, los publicistas, son hoy los grandes maestros, con
sus dotes de persuasión, modelan actitudes y comportamientos, a su antojo,
haciendo ver que cuanto más cosas tengamos en nuestro poder, mayor será
nuestra felicidad y satisfacción, lo cual es tan erróneo como frustrante,
al ser una víctima más, un incapacitado, el cual podrá tener todos los
conocimientos del mundo, pero que no supera la ética de los instintos, que
ya es decir.
Dice un proverbio escocés, con el que me quedé prendado
al verlo en la pared de una escuela, que por buena que sea la cuna, mejor
es la buena crianza. Tan sólo desde la educación transmitida por los
auténticos maestros, se puede mejorar el clima de un vivir más en la
alegría, con los valores de siempre, los que no caducan, aquellos de los
que hoy todos hablamos, pero que no valen nada, porque los enseñantes
(educadores, familia, calle, televisión, Internet...), han perdido la
visión armónica del mundo y de la vida humana, centrados en su aldea
egoísta de ser el rey de la selva, antes que constructores de vida en
convivencia.
Por todo ello, es muy importante saber discernir los
maestros verdaderos de aquellos que no lo son, aunque así mismo se nombren
(o los nombren) como tales. Se distinguen los unos de los otros, por el
respeto a la capacidad de razonar de cada cual y la consideración a su
conciencia moral. Como refrendó Arturo Graf: Excelente maestro es aquel
que, enseñando poco, hace nacer en el alumno el gran deseo de aprender. No
es fácil alcanzar la sabiduría de la felicidad y sabiamente repartirla, en
un mundo tan competidor como plasta que aplasta a los más débiles.
Y en este sentido, tenemos que cultivarnos en la nueva
vida de la globalización. Ahí está la manifestada preocupación de los
obispos españoles ante la libertad religiosa, el respeto a la vida humana,
la familia, y el derecho a la educación. En verdad, comparto al cien por
cien, su desvelo. Más que nunca, hace falta buscar maestros que nos
retornen a la esperanza de deleitarnos al ver un árbol en flor, a ser
señores de nuestro señorío compartido con los demás, y a ser libres, o lo
que es lo mismo, a no desear lo indeseable. Considero, pues, un buen
maestro -pongamos por caso- a Henri Lacordiare, cuando acotó tres cosas
que necesita el hombre para ser feliz: la bendición de Dios, libros y un
amigo. Buen comienzo para doctorarse y mejor para instruirse.
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