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Condiciones económicas

Walter Turnbull

Acaba de pasar el día de la madre (en algunos países). Quisiéramos tener palabras para expresar en toda su grandeza este maravilloso misterio de la maternidad, con que Dios quiso conceder a la mitad de la humanidad la experiencia de amor más excelso que el hombre puede tener. Amor que da vida, amor que da sin miramientos y que se da sin miramientos, amor sin condiciones, amor sin límite de tiempo, amor que perdona, amor que protege, amor que salva, amor que duele. La experiencia más cercana al amor de Dios que en el mundo se puede encontrar. Afortunadamente existen poetas que puedan dibujarlo mejor que yo, aunque ninguno lo haya podido abarcar.

Tengo que acordarme de tantos versos y canciones que inútilmente han intentado retribuir a la madre toda esa inapreciable entrega que la gran mayoría de ellas (existen deshonrosas excepciones) ha aportado a la humanidad. Tengo que acordarme de las serenatas, los festivales en las escuelas, las composiciones, los festejos, las colas en los restaurantes... casi todos bienintencionados, algunos bellos, ninguno suficiente.

Desgraciadamente también tengo que acordarme de las feministas que quieres suprimir el festejo del día de la madre porque para ellas es un agraviante recuerdo del lamentable hecho de que la mujer es diferente al hombre, de que la mujer no es hombre y de que la mujer es algo más que un objeto de placer sexual.

Y tengo que acordarme de un pasaje de nuestra política que, como todo, provocó el escándalo, alimentó a los noticieros y cayó en el olvido. Desde cuando que quería comentarlo. Usted recordará que el secretario del trabajo, el Sr. Abascal, muy al principio de su gestión, declaró que tenemos que lograr las condiciones necesarias para que la mujer que así lo desee pueda quedarse en su casa a cuidar a su familia, y no tenga que salir a trabajar para completar el gasto. Lo dijo con palabras más solemnes, por supuesto.

La reacción de los libertinajales (la palabra “liberales” me parece inapropiada para esta subespecie) fue inmediata y violenta: “El señor Abascal quiere esclavizar a la mujer, quiere negarle el derecho a su realización, quiere recluir a la mujer en su casa, quiere fomentar el patriarcado...” con todos las consabidas menciones al oscurantismo, la edad media, el dogma, la inquisición, el retroceso, las cruzadas, Galileo, etc. La simple idea de que la mujer estuviera en su casa los horrorizó.

Pero si usted analiza bien la frase, el señor Abascal no dijo que la mujer debía estar en su casa, no dijo que la mujer no debería desarrollarse profesionalmente, no dijo que pensaba encerrar a las mujeres u obligarlas a encerrarse, no dijo que la mujer deba estar sometida al hombre. Simplemente dijo que su obligación, como gobierno, era lograr las condiciones para que aquellas que quisieran...

Si esta frase molestó a los opositores, debo entender que ellos no lo desean. Debo entender que ellos quieren lo contrario. Es decir, quieren que no se den esas condiciones. Quieren que la mujer no pueda quedarse en casa, quieren que la mujer tenga que salir a trabajar porque el sueldo del hombre no alcanza, quieren que persista la situación económica que obliga a la mujer a abandonar a su familia para buscar el bolillo. Eso es lo contrario de lo que propuso el señor Abascal.

Sin meternos ahorita a ver si el ser madre de familia es más realizante o menos que el trabajo de oficina -suponiendo que lleguen a la oficina-, desde el punto de vista económico, la propuesta de los opositores al señor Abascal a mí en lo personal no me convence mucho.

 
 

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