No es cosa nuestra
Hoy la mujer debe ser la mejor profesional, debe ser
madre, darse tiempo a sí misma y a sus amistades; cultivarse y viajar y,
en lo posible, hacerlo evitando el estrés y sus síntomas.
Acabo de participar en un congreso sobre
la mujer. El tema de la mujer y el trabajo terminó de caldear
completamente el ambiente. Se esgrimieron datos y aportaciones
interesantes. Y, sobra decirlo, salieron a relucir las constantes ya
manoseadas por los peritos: la necesidad de los permisos de maternidad, la
equidad en los salarios, el servicio de guarderías…
No sé si por lo apasionado del debate o
por la somnolencia que hacía mis párpados asombrosamente pesados, pero, de
repente, tuve la sensación de que la mujer de hoy se parecía más que nunca
a un malabarista de circo: ese artista que con habilidad mágica lanza 7
bolas al aire y es capaz de engañar a la tiránica ley de la gravedad con
la presteza de sus movimientos. Hoy la mujer debe ser la mejor
profesional, con el mismo reconocimiento, sueldo y exigencias laborales de
un hombre; debe ser madre, darse tiempo a sí misma y a sus amistades;
cultivarse y viajar y, en lo posible, hacerlo evitando el estrés y sus
síntomas. Y, como nuestro amigo el malabarista, acomete esta empresa casi
titánica ella sola, contra todos y a pesar de todos.
Sin embargo, la vida no es un circo. En
el desafío de compaginar trabajo y familia, la mujer no debería ser un
personaje solitario. Y tampoco el hombre. A pesar de mi sueño durante el
congreso, anoté algunas ideas sobre este punto:
Primera: no es la mujer la que
tozudamente trata de inmiscuirse en el mundo del trabajo. Su aportación es
un bien necesario para toda la sociedad. Por tanto, los gobiernos, las
empresas, las leyes y todas las entidades públicas deberían favorecer su
inserción en este ámbito.
Segunda: la familia tampoco es un
capricho de las mujeres, que necesitan tener hijos para satisfacer sus
vacíos emocionales. La familia es la célula básica de la sociedad. A los
ejecutivos que reniegan cuando sus empleadas se quedan embarazadas habría
que preguntarles quién creen que van a pagar sus pensiones cuando sean
viejos, sino el fruto de sus actuales zozobras.
Así, compaginar trabajo y familia no es
un problema de las mujeres: es un problema de todos. Todos somos
responsables de crear las estructuras necesarias para que los padres y las
madres puedan dedicar su tiempo más precioso a la familia. Así sale
ganando la sociedad entera: las empresas porque sus empleados trabajan más
a gusto al ser tratados más humanamente, los hijos que reciben la atención
que tanto necesitan, la pareja que crece por medio del compromiso y la
corresponsabilidad en un proyecto común…
Hay quien empieza a estar harto de oír
hablar del “reto de la mujer” del siglo XXI. Más que de un reto de la
mujer se trata de un reto de todo el conjunto social, que debe buscar que
la vida sea cada vez más humana para todos. En este mundo que se jacta de
poseer todas las comodidades y medios para todo, nadie debería ser
“malabarista de la vida”. Para lograrlo, es necesario el replanteamiento
de muchos esquemas y utopías oxidadas.
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