El que se mueve no
sale en la foto
Jaime Septién
Yo no conozco sentencia más desafortunada que esa que
pronuncian los santones del café: “Mira, que roben, pero que hagan algo”.
“El hombre razonable –escribió George
Bernard Shaw–se adapta al mundo; el hombre poco razonable insiste en
tratar de adaptar el mundo a sí. Todo progreso depende por tanto del
hombre poco razonable”. Durante siglos hemos admirado al hombre razonable;
lo hemos hecho modelo de la historia. Lo racional puro es lo acomodaticio:
aquello que se disuelve en fuego fatuo. Los razonables son los que no se
atreven, porque les da miedo siquiera asomarse a lo que no pueden dominar.
En cambio, el progreso humano, la
civilización, la cultura, son productos de gente poco o nada razonable.
Visionarios incapaces de “adaptarse”. Si la poesía nace de la pregunta
¿qué hay más allá?, la política deviene de la pregunta ¿y por qué no?
Pregunta insistente, nada razonable, de un tipo humano que decide cruzar
el pantano, mojándose todo, pero, en venturosas ocasiones, llegando a la
otra orilla.
En México conocemos muy bien al político
razonable. ¿Les suena: “el que se mueve no sale en la foto”? Frase
correcta, adaptable y destorlongada. De ocurrencias así nace la política
razonable a la mexicana. Por ejemplo: “Vivir fuera del presupuesto es
vivir en el error”… De esa frase, y de quienes la pronuncian, estamos
hartos. Lo cual equivale a decir que estamos hasta las narices de tanta
racionalidad tan circunspecta, de tanta ley no escrita pero respetada a
pie juntillas, de tanta verborrea casposa.
Yo no conozco sentencia más
desafortunada que esa que pronuncian los santones del café: “Mira, que
roben, pero que hagan algo”. Tan fea como la otra: “Lo que necesitamos es
mano dura; qué derechos humanos ni qué potras corvas…”. Un destino cargado
de tormentas podría esperar al pueblo que pontifica en tono tan menor y…
tan razonable.
Una civilización se forma cuando sus
hijos exteriorizan lo que piensan y producen cultura, e interiorizan lo
que viven y producen espiritualidad. Cultura y espiritualidad son los dos
ejes de la identidad. Pero nada de esto es razonable. Ser razonable es
querer salir en la foto. Y no moverse, no abrir la boca para producir
cultura y no pensar demasiado para abrazarse a la silla, a cualquier
silla, con tal que me haga virrey de algo. Los razonables siempre son
virreyes de algo. En nuestro país tenemos muchos virreyes. Es tiempo de
comenzar a educarnos para servir, que es la menos razonable de las
experiencias humanas, pero la más caritativa. Y la que –en serio– nos hace
falta.
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