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Iglesia nueva

Walter Turnbull

Gracias, Señor, porque no soy como ese cristiano extinto, que le tocó vivir una Iglesia anticuada, obsoleta, oscurantista. Una Iglesia de mesa y breviario.

Gracias, Señor, porque en el pasado, los cristianos eran ignorantes y supersticiosos; se creían todo al pie de la letra y obedecían ciegamente las ocurrencias de los padrecitos, creían que e sexo era malo y creían en la creación y en el diluvio y en el paso del Mar Rojo.

El cristianismo era una religión de ritos inútiles, de veladoras, de indulgencias, de medallitas, de ceniza y palma bendita. La gente creía que la penitencia era agradable a Dios y la Cuaresma era tiempo de represión.

Los templos estaban llenos de abuelitas o solteronas en oscuros chales rezando el Rosario, o alguna novena, o una oración de un librito o alguna oración a un santo.

Las misas eran largas e ininteligibles, los sermones más largos y aburridos; los padrecitos eran regañones, y nuestras mamás y abuelitas nos obligaban a ir a esas misas, en las que la música era como de película de espantos. Los retiros eran rezar y rezar hasta que le dolían a uno las rodillas y escuchar los “ejemplos” de las monjitas.

La Iglesia... ay la Iglesia... cuánta corrupción, cuánto abuso, cuánta explotación del pobre, cuántos Papas viciosos, ya sabe usted: la inquisición, las cruzadas, Galileo, la conquista...

Bueno... no doy gracias por eso, sino porque a mí ya no me tocó.

Gracias, Señor, porque hoy nos ha tocado una nueva Iglesia, una Iglesia moderna, una Iglesia posconciliar.

Hoy la Iglesia es más culta y acepta la ciencia. Aceptamos la teoría de la evolución y el pensamiento social de Marx. Sabemos que mucho de la Biblia son mitos alegóricos y aceptamos que la verdad es relativa la moral es más adaptable. Hoy sabemos que Dios sólo quiere nuestra felicidad y el amor al prójimo. Hoy muestras reuniones y nuestras misas son festivas y divertidas, con alabanzas, con cantos alegres, con música moderna, con oraciones sinceras y espontáneas. Hoy los retiros son amenas convivencias llenas de dinámicas, de juegos, de fraternidad...

Hoy los padres están más preparados y son más simpáticos, y sus sermones son más divertidos y hasta a veces algún padrecito se echa una que otra palabrota, que alegra mucho al público “cool”. Casi nunca hablan de pecado, ni de castigo, ni de penitencia, ni de renuncia, ni ninguna de esas cosas amargantes; son más comprensivos con los pecados. Los católicos de hoy sí leemos la Biblia y los padres nos la explican.

Hoy el Papa sí es santo y la Iglesia ha pedido perdón por todos esos horrores que cometió antes de que llegáramos nosotros.

Gracias, Señor, porque hoy la Iglesia se está adaptando al tiempo, a lo moderno, a lo que me gusta y acomoda.

Qué fácil juzgamos por lo que sentimos, por lo que creemos, por lo que ignoramos. Qué poco sabemos de todas las grandes obras que la Iglesia ha realizado a todo lo largo y ancho de su existencia, de los brillantes intelectos que nos han alumbrado el camino, de los mitos que se han creado para atacarla, de la fuerza y dinamismo apostólico de muchos grupos que hubo antes que nosotros, de la gracia que se encuentra en las antiguas -no anticuadas- costumbres piadosas que la Iglesia ha ido descubriendo, en las oraciones tradicionales, en el sacrificio, en la quietud y en el recogimiento.

Sean bienvenidas todas las prácticas que ayuden a llegar a nuevos rincones, las nuevas formas de explicar el mismo mensaje, la invitación a la convivencia, la preocupación por el cambio social en la caridad, el acercamiento a la gente, la sencillez en las expresiones, la apertura a la ciencia cuando la ciencia es verdadera, la visión optimista de la práctica religiosa, la oración de alabanza... Pero nunca olvidemos que la Iglesia, sin haber estado nunca a la moda, ha sido siempre joven y hermosa, como joven y hermosa ha sido siempre la Virgen María. Que la Iglesia, y los Papas, y los católicos que han sido desde hace dos mil años, han sido en su tiempo lo que en ese tiempo el mundo necesitaba. Ojalá sepamos cumplir nuestra misión en el mundo de hoy como nuestros antepasados lo hicieron en el suyo.

Gracias, Señor, por esta Santa Madre Iglesia que, formada por hombres como nosotros, ignorantes, débiles y pecadores, es siempre hermosa, siempre joven, siempre sabia y siempre santa.

 
 

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