Santísima Trinidad
Walter Turnbull
Apenas hemos celebrado la venida del Espíritu Santo,
cantamos la fiesta de la Santísima Trinidad en el Oficio del Domingo que
sigue.
¿Porqué celebrar la Santísima Trinidad?
¿Porqué no simplemente recordarla? ¿A nosotros en qué nos beneficia?
Cuenta el cuento que Caperucita Roja
entró en la casa de la abuelita y se encontró con el lobo disfrazado de la
dulce ancianita y acostado en su cama (la de la abuelita).
Caperucita se sintió sorprendida ante
los toscos rasgos del lobo que en nada se parecían a los de su abuelita y,
en tono de asombro y con ojos incrédulos, fue mencionando las diferentes
partes de la anatomía de la supuesta abuelita, comentando lo grandes que
se veían:
-Abuelita, qué ojos tan grandes tienes
-exclamó Caperucita-.
-Son para verte mejor -contestó el
lobo-.
-Y qué orejas tan grandes tienes -siguió
Caperucita-.
-Son para escucharte mejor -contestó el
lobo-.
Y así siguieron con las manos y los
dientes, siempre con similar respuesta.
A los hombres nos sucede algo parecido
cuando nos topamos con los misterios de Dios. Cuando nos enteramos que
Dios es eterno, que Dios es todopoderoso, que Dios tiene tres personas.
Nos sentimos maravillados ante su grandeza. Entonces, el hombre piadoso,
en una actitud de reverente asombro, tiene que exclamar: “Ay, Señor,
cuántas personas tienes.”
Y en una actitud de complaciente
ternura, Dios nos responde: “Son para amarte mejor”.
Así es Dios en sus tres personas. Jamás
entenderemos porqué es así y ni siquiera qué diferencia a una de la otra.
Pero sabemos que cada una cumple una parte del amoroso designio de Dios
para llevarnos a la felicidad eterna. “Dios nuestro, que en forma
admirable nos has creado y en forma aún más admirable nos has redimido,
concédenos participar de la vida divina...” Como si Dios se hiciera más
personas para poder darnos más amor.
¡Feliz Santísima Trinidad!
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