Amar cada cual la paz de cada uno y cada uno la paz
del otro
Víctor Corcoba Herrero
Hace unos días presencié un evento que
me conmovió. Lo mismo debió sucederles a otras personas que llenaron un
amplio salón de actos, algunos de los cuales hubieron de permanecer de
pie, en los aledaños y al fondo de la entrada del mismo, para escuchar la
conferencia del Patriarca Latino de Jerusalén, Monseñor Michel
Sabbah, que partió de la realidad en
la que confluyen diversas iglesias, de las cuales, seis son católicas,
cinco ortodoxas y dos protestantes. Las cabezas de estas trece
denominaciones cristianas, tienen jurisdicción sobre un territorio que
cubre tres países: Israel, Palestina y Jordania. Las relaciones, entre
todos ellos, son buenas; como lo prueban los mensajes comunes para la
Navidad y Pascua, al igual que los encuentros de reflexión que hacen
juntos, donde impera el amor, lo que tanto falta en el mundo. Habría que
empezar por amar cada cual la paz de cada uno y cada uno la paz del otro.
Sin duda, lo decisivo para traer la paz al mundo es la conducta diaria de
cada persona, por insignificante que nos parezca.
Sobre el
pueblo de Palestina, aunque admitió el ilustre ponente ciertas
dificultades entre cristianos y musulmanes, dijo no deberse a que los
grupos sean de una religión u otra, sino a la falta de una autoridad, ante
una situación cercana a la anarquía, que crea tensiones. El complicado
momento actual, con la entrada frecuente del ejército israelita en los
territorios palestinos, acarrea la destrucción de casas y cultivos, de
muertes a su paso. A propósito, manifestó: “Las ciudades palestinas
están asediadas y no se puede salir de ellas, si no es con un permiso
militar, concedido a un cinco por ciento de la población, de manera que es
como si toda la población estuviera prisionera en sus ciudades”.
Este entorno alarmante, desde hace cuatro
años, conlleva que cada ciudad sea como una gran prisión, de la que no se
puede salir. Lo ilustró con un ejemplo: “En la zona de Belén,
hay tres ciudades cristianas que están muy cerca, todo el espacio de la
región se puede hacer a pie en una media hora, y más allá de esa zona no
se puede andar. Esta vida de cárcel, dentro de la propia ciudad, impide el
desarrollo normal de la vida. Más del cincuenta por ciento de la gente no
tiene trabajo. Esta circunstancia de prisioneros, crea un estado que hace
la vida muy difícil, porque pone tensiones en el ambiente, se produce una
mentalidad y una psicología de rehenes. Entonces, esto genera una
resistencia de parte de los palestinos, y esta obstinación da lugar a las
bombas suicidas, a los atentados terroristas. En un horizonte así, hay
víctimas de los dos lados, porque los israelitas matan a los palestinos y
éstos responden de la misma forma”.
Ya se sabe, la concordia aumenta las fortunas pequeñas, la discordia
arruina a todos, también a los grandes.
Ofreció
el Patriarca Latino de Jerusalén algunos datos, que nos muestran la ruina
y la inutilidad de las guerras. “En estos cuatro años de
contienda, han muerto tres mil palestinos, unos ochocientos israelitas,
además de una decena de miles de prisioneros palestinos”.
En este sentido, la posición de
Monseñor Sabbah
y de su Iglesia, es clara:
“Estamos interesados en toda
persona humana, provenga de donde provenga, pero junto con esto, también
decimos que la ocupación militar israelita, sobre el pueblo palestino, es
un mal que debe cesar. Y les decimos también a los palestinos, que tienen
el deber de resistir para poner fin a la ocupación, porque toda persona
humana ha recibido su libertad y dignidad de Dios y nadie puede renunciar
a estos derechos, de tal manera que toda persona humana tiene el deber de
defender estos valores cuando los pierde. Y también añadimos, lo hacemos
como cristianos y propuesta humana, que la resistencia tiene muchas
formas, no todas iguales, y que asimismo desde la eficacia y búsqueda de
la paz, es más eficaz la resistencia no violenta”.
La
experiencia de las guerras demuestra que nadie gana, puesto que la
violencia no produce ningún bien, genera otros males desastrosos. A pesar
de tantas batallas, Monseñor Michel Sabbah,
piensa que la paz es posible en tierra santa, espera que cambie el corazón
o bien que cambien las personas, sólo es necesario quererla, creer en la
concordia de los unos y de los otros, puesto que, cuando se quiere
realmente la paz se puede llegar a un acuerdo. Por eso, todas las
cuestiones principales, el estatuto de Jerusalén, los asentamientos, el
tema del agua, los refugiados y las fronteras, si hay una voluntad de
resolver, se puede encontrar soluciones.
“Ahora, y humanamente hablando, las
autoridades israelitas tienen una visión de guerra, lo que dificulta que
la paz esté cerca. El signo más claro de esperanza son los encuentros
entre personas y grupos, que, aunque pequeños hoy, mañana pueden crecer y
así favorecer la paz”.
Ante
esta situación de opresión, causa de la guerra, es necesario hacer todo lo
posible para que, tanto la libertad como la paz, surjan como realidad. Fue
contundente, Monseñor Michel Sabbah,
en la expresión dirigida a las iglesias y también al ámbito internacional,
en el sentido de no necesitar personas pro-palestinas o pro-israelitas ,
porque cuando uno ayuda a otro para que se organice fuerte, uno debe hacer
robusto a los dos pueblos por igual. Sólo así germina la paz. En cuanto a
realidades concretas, para fomentar alianzas de amistad, expuso:
“Los gestos de generosidad que
vienen de todas las iglesias, las diversas ayudas a personas humanas, sean
o no cristianas, por parte de Cáritas españolas, nos alivian del terror.
Otra forma de ayuda, que quiero destacar, es vuestra presencia como
peregrinos, porque la estancia misma les auxilia, les hace ver que tienen
una pertenencia más grande, que ellos forman parte de una familia
grandiosa. Ese sentido de pertenencia, da fortaleza y esperanza. El
peregrino que va a los lugares santos y que reza, es un hombre que busca a
Dios, que lo encuentra en todos sus hijos, sean hebreos, cristianos o
musulmanes, judíos o palestinos”.
Ciertamente, la guerra entre israelitas y palestinos, tiene también una
dimensión religiosa; los israelitas luchan por una tierra que hacen suya,
mientras los palestinos, sean cristianos o musulmanes, combaten por unos
lugares santos que también consideran propios. En medio de todos estos
desajustes, llega el peregrino que, por el hecho mismo de su
peregrinación, nos muestra la búsqueda de Dios. Con sus plegarias para los
creyentes y con su actuación para los escépticos, nos hace ver que
aquellos lugares son de rezo o de mística, de encuentro y búsqueda de
serenidad, jamás de violencia. Si el valor hace invictos, la armonía hace
invencibles gozosos, yo me pregunto: ¿por qué no vencer discordias con la
concordia del amor, jamás a punta de bombas, que no es más que una cura en
falso? La respuesta siempre es la misma: escasea el amor de amar amor, que
todo lo salva, con salves de comprensión.
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