El Greco
Lo de El Greco no es pintura para el adorno, es un
libro abierto para la meditación.
Tienen las
pinturas de El Greco un algo especial que no se ve, pero se palpa, se
siente, penetra. Tienen los cuadros de El Greco una teología pictórica que
asombra, un matiz espiritual que sobrecoge. Lo de El Greco no es pintura
para el adorno, es un libro abierto para la meditación. La pintura de El
Greco no es decorativa, es sagrada; es para estar donde tiene que estar,
en el lugar exacto, en el templo, casi en la oscuridad, en el lugar del
más sobrecogedor de los silencios. Una vez visto el lienzo no queda más
que cerrar los ojos para continuar viendo con más intensidad. Lo de El
Greco no son figuras religiosas, es el cristianismo convertido en figura.
Lo de El Greco es la historia sagrada que no se cuenta, es el matiz que
solamente una pincelada transparente puede visualizar. Lo de El Greco es
la santidad de la pintura.
Siento una
debilidad casi enfermiza por este pintor. El ha pintado lo que nadie ha
podido pintar, o no se han atrevido a pintar, o no han sabido pintar. El
Greco no pinta cuerpos, pinta almas. Estiliza tanto sus figuras que se
quedan sin ser figuras para ser atmósferas de un mundo que ya no tiene
asiento en la materialidad de este mundo.
A El Greco
se le han inventado historias hasta de deformación visual. ¡Qué va! Lo que
ocurre es que el famoso pintor se inventó un mundo a su medida interior, a
la medida de lo que él creía y como él creía. Los mismos tonos que imprime
en sus lienzos han sido ideados con pinturas que son para pintar lo
trascendente. Zurbarán pinta santos, sobre todo santos, también pinta
Inmaculadas pero para Inmaculadas, Murillo. Zurbarán pinta Cristos, y
también Murillo los pinta, pero es El Greco el pintor de los Cristos que
suben al cielo ya desde la Cruz, porque no son Cristos crucificados sino
Cristos con el alma presta camino hacia su lugar. Siempre el camino de El
Greco está en lo alto, en un cielo desde donde irrumpe la luz, desde donde
se llama para permanecer eternamente.
Me he
detenido ante los Expolios de El Greco, cuatro en total, los cuatro
iguales y los cuatro distintos. He contemplado las Inmaculadas de El
greco, numerosas por demás, y todas la misma y todas con detalles que las
diferencian. He admirado los apóstoles y es como si no hubiera más que un
apóstol, el mismo apóstol esperando a que le toque el turno. Es El Greco
un pintor de la intemporalidad, y precisamente es por eso el pintor de la
perennidad. Sus figuras, aunque estén ahí, en ese tiempo, son para otro
tiempo, son para todo el tiempo, son para la vida eterna. Por eso todas
ellas se alargan hacia lo alto porque es en el único lugar donde cabe
tanto espíritu.
Caracas,
mayo de 2004
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