Los efectos de la boda (desde el amor)
Víctor Corcoba Herrero
Todo el
pueblo habla de lo mismo, de la boda real. Tan real como la vida misma.
Nos ocupa el fin de semana. Yo también me apunto. Claro, a la hora del
parloteo, cada cual propone sus ideas, sus posturas y composturas. Eso no
es malo, siempre y cuando el buen estilo presida la voz. Lo mezquino es
tirar la piedra y esconder la mano. Por Internet circulan muchos bichos
así.
A estas
alturas de la escena, servidor quisiera platicar sobre los efectos de una
boda, llámese real (de la realeza) o pueblerina (del pueblo). Lo que los
esposos realizan -en cristiano- no es únicamente un encuentro corporal;
es, además, una verdadera unidad de sus personas. En estos tiempos, tan
etiquetados por fecha de caducidad, tenemos que proclamar la gran
responsabilidad del compromiso matrimonial.
Teniendo
presente que la familia de fundación matrimonial responde al bien de las
personas, y que cuando está sanamente unida, es como el aire que todo lo
purifica, creo que nos interesa que así sea, a quien será el día de mañana
el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, árbitro y
moderador del funcionamiento regular de las instituciones. Desde ese clima
de esperanza, que es la familia, puesto que el futuro de nuestra sociedad
está en su mano, mal que nos pese, siempre es un motivo de gozo ver a unos
novios repletos de alegría, cuestión que sólo brota cuando existe el
verdadero amor.
Dicho lo
anterior, los medios de comunicación social, bien podrían proyectar esa
ejemplar cultura familiar que nos transciende la Corona, para
contrarrestar tantas exaltaciones contrarias a la dignidad de la persona,
que contaminan conciencias hacia violencias y vicios, que nos dejan sin
aliento. Dios vino a nosotros también en una familia, no lo olvidemos.
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