Apología del libro
Carlos Díaz
Una de las
forma más fantásticamente privilegiadas a la hora de la humana
comunicación constitúyela el libro: nadie podría dudarlo. De muchas
incomunicaciones profundas )quién te ha librado?: El libro, el libro y su
lectura libre, es decir, los libros, el juego de ideas que es como el río
que no cesa en forma impresa. De él emergen todas las voces, todas las
palabras, todos los mensajes. Monumento al libro en el lugar que antes
estuvieran las alambradas del Muro de Berlín.
Tan
excelente el libro, que no puede comprenderse cómo cabe preferir los
medios de masa a una buena masa de libros. Cuando un libro se quema, algo
suyo se quema, señor conde, algo de su ecología humana queda dañado en lo
profundo. )Y cuando llegue el momento de convertirse al fin en
hombre-libro porque ya los libros no interesen a los hombres? Bueno, quizá
entonces encarnaremos en nosotros la historia de la humanidad.
Así pues
el libro debería ser, y a pesar de todo es, el mejor comunicador, porque
no sustituye en modo alguno al ser humano, sino que como lectores nos
permite un dialoquio tranquilo y un soliloquio profundo y bien temperado
con las páginas del autor, dando a través de ellas entrada a eventuales
diálogos con los ángeles y con los demonios, con las flores y con las
cloacas, con todo lo pensable, posible e imaginable, y hasta con todo lo
impensable, imposible e inimaginable. Anímate, tírale los tejos: el libro
siempre te espera, siempre está ahí del salón en el ángulo oscuro para que
retomes su lectura o reinterpretes su discurso, no cabe pensar dialogante
más franciscano, más modesto, más silente ni más agradecido. Él dice
siempre lo mismo, pero te brinda la posibilidad de que tú lo leas de
distinto modo, de que digas, desdigas, contradigas y hasta que calles. Si
quieres, puedes estar toda una vida dialogando con él sin pasar página, él
no tiene prisa ni desperdicio, es todo para ti. Puedes plagiarle incluso,
que él no va a delatarte, porque te sabe y te siente suyo sin posesividad:
está hecho para tí y gusta descansar en tí.
El libro
te recuerda ese tu pasado en que lo leíste con otros ojos menos castigados
por las dioptrías y da continuidad a tu propia vida, a esas horas mágicas
de tu infancia en que trepabas por sus ramas con el vigor inusitado del
ayer siempre mejor; porque tú eres tú y tus lecturas. Recuerda, pues,
lector leído: no existe locuacidad mayor que la mudez de nuestras
bibliotecas, rios de palabras en silencio que nos llevan hacia el País de
Metáfora, ese lugar donde siempre es más lejos y donde nunca es eclipse.
El libro,
pues: )cabe un regalo mayor?. Sólo el que escribe, sólo el que lee, sólo
el que lee y escribe lo sabe. El libro: en los días tan honrado, y en las
canas tan anciano, y en las noches tan generoso y en las postrimerías tan
experimentado. Él continúa ofreciéndote aún hoy los tres estilos
medievales: el humilde, el mediocre y el alto, puedes acogerte a
cualquiera de esos escalones, o a los tres, pues los tres son transitables
con distinto grado de provecho por tu pupila.
El libro
constituye ya una ínsula de utopía, un jardín sagrado donde al menos por
una tarde poder hacer las paces con lo sublime, aunque detrás del negocio
editorial se levanten monumentos de hierro y palabras, impere el toque de
corneta y el fierro de las oligarquías, se inventen máquinas y sistemas
filosóficos, se expendan artilugios que generan orgasmos mecánicos y se
publiciten euforias de puro papel y de mera retórica utilizadas como
instrumentos quirúrgicos o como agujas de acupuntura para ejercer la
dominación política multiuso, incluída la que conlleva la bilis y el
salivazo.
De todas
formas, tranquilicémonos un poco de tanto sofoco, caramba, no hay que
demonizar demasiado, al fin y al cabo se trata de lo de siempre y más de
lo mismo: las editoriales necesitan supervivir, los autores otro tanto, o
en su caso siguen a la busca y captura de éxito, de notoriedad, en última
instancia cuesta lo suyo escribir, alguna compensación siempre se agradece
y el escritor también es un ser humano a pesar de que alguno se crea
divino.
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