Algo más que
palabras
Víctor Corcoba Herrero
El interés, por el interés económico, nos mata
Las
atmósferas de intereses económicos, que nos rondan y ruedan como guindas
salvavidas por las plazas de los corazones, nos tapan hasta volvernos
ciegos, con su tapia de goces a la carta, incluso nos vuelven sordos, sin
tacto alguno ante el contacto del gusto por los latidos del verso que
todos llevamos dentro, aquellos que brotan del níveo horizonte del interés
por lo humano, verdadero atractivo de vida, del que somos pasotas
declarados, como si la existencia se pudiera comprar con dinero. ¡Qué
difícil es ser humano en un mundo que nos entierra de cosas! Sin embargo,
las cosas del corazón están de capa caída.
Se ha
olvidado que el ser humano es un niño en continuo, y como tal, necesita
crecer hacia dentro. Hace días me contaba José Montero Vives que llevaba
algún tiempo leyendo y releyendo el libro “Hojas paterno-escolares del Ave
María”, escrito por don Andrés Manjón, en 1916. Esta obra, que ahora él ha
reeditado, es el fruto maduro de una larga experiencia -veintisiete años
de brega en los suburbios granadinos- en un ambiente, con frecuencia
refractario a la educación: analfabetismo muy extendido, falta de vivienda
digna, malas costumbres, fuerte inmoralidad, machismo arraigado,
alcoholismo frecuente, paro endémico y un largo etcétera. A pesar de todo
eso, el fundador de las Escuelas del Ave María, no se desanimó y escribió
lo que podemos llamar un tratado de educación familiar, con el deseo de
ayudar a los padres en la difícil tarea de llevar a buen término la
educación de los hijos.
Pienso que
vale la pena -le decía a José Montero Vives- recuperar las ideas allí
expuestas por ser valiosas -los pensamientos grandes, no se achican, se
engrandecen con el tiempo- en un mundo mercantilista, donde las personas,
en continuas situaciones, son consideradas pura mercancía, puro negocio,
endoso de compra y venta. Más que nunca necesitamos criterios rectos para
organizar debidamente la familia, el universo de las relaciones humanas,
la vida misma. Desdeñamos a los grandes maestros, que no es otro que don
ejemplo, olvidamos que la educación se acuna desde la cuna y que hay que
ejercer la autoridad de padres con discreción, oportunidad y moderación;
mandar poco y bien, y lo bien mandado hacerlo cumplir con decisión y
eficacia, sin dejarse vencer por antojos, ni lágrimas.
Frente al
volcán de disgregaciones sufridas y demás violencias domésticas, donde ya
no se rompen vajillas -las cosas-, sino que se matan seres humanos, casi
siempre la persona más débil, la madre; todo ello, sumado al diluvio
consumista, potenciado por las grandes multinacionales, se me ocurre
reivindicar saberes perdidos, los que en otro tiempo ejemplarizó don
Andrés Manjón, y que por su hondura espiritual y humana, son medicina sana
para toda la eternidad. El fundador de las Escuelas del Ave María enjuicia
duramente a los padres que descuidan la educación de sus hijos, aquellos
que el matrimonio fue una aventura; la procreación, una conquista; el
estado conyugal, un negocio; el nacimiento de un hijo, un accidente de la
vida; la cría del mismo, una carga de quien le parió; la recría y
educación, función de ayos y maestros; la permanencia en el hogar, sólo a
la hora de comer y dormir... En esto, como en tantos valores de vida, hace
tiempo que hemos perdido el tren de la coherencia. Para desgracia, lo
educativo también lo hemos convertido en interés por parte del político de
turno, y así, España se ha convertido en un laberinto educativo a merced
de intereses mercanti-partidistas.
Quizás
alguien pueda pensar que me invade el pesimismo. Si partimos de que la
vida es lo que hacemos y lo que nos pasa, las situaciones tan interesadas
que soportamos, con más paciencia que el santo Job, sobre todo las
económicas, reconozco que me causan pánico. Lo que nos sucede, bajo un
clima de mercado sin corazón, clama al cielo y nos reclama actuaciones
aquí en la tierra. Es mi opinión, claro está. Pero sumado a lo anterior,
añada la pasión científica que se ha puesto de moda, sin importarle para
nada el alma de la persona, donde investigar con células madre
embrionarias significa apostar por un criterio económico en vez de ético,
por un juicio sin juicio, en el que los fetos, ancianos y discapacitados,
no cuentan para nada; porque su coste de producción es nulo en una
sociedad endemoniada por la compraventa, que pretende anularnos como seres
vivos pensantes.
|