Salvar a cuba
José Prats Sariol
Coincido: La violencia y la represión sólo generan más
odio y fanatismo... hoy más que nunca se ha podido comprobar que el
gobierno cubano viola grosera, diariamente, la Declaración Universal de
los Derechos del Hombre...
Koinonía
del 16 de mayo incluye el artículo "Matar a Castro... matar a Cuba" de
Salvador Reding. Las reflexiones que suscitan se abren a la pluralidad que
soñamos para la Isla. Coincido: La violencia y la represión sólo generan
más odio y fanatismo. Irak está de ejemplo. Pero el caso cubano merece
algunas precisiones. La paranoia del dictador, la misma que ha generado la
tenebrosa sinécdoque de la parte por el todo (él es Cuba), ha exagerado
hasta el delirio los intentos de asesinarlo, que en rigor histórico datan
de la primera década de la que entonces sí era una revolución. La actitud
soberbia y torpe de las administraciones norteamericanas ha tenido no
pocos intentos, bajo gobiernos del partido demócrata, de acercamiento y
distensión. En cada caso -como el Comandante necesita justificar sus
cárceles y errores económicos- la respuesta ha sido la confrontación:
Mariel en mayo de 1980 con Carter, el derribo de las avionetas desarmadas
cuando Clinton...
Por
supuesto que no creo que el embargo o nuevas medidas confrontativas, mucho
menos una invasión sangrienta, sean la solución. Dios nos libre, aunque
sospecho que sólo se trata de una maniobra electorera del hijo de papá,
que ya utilizó los votos -y los turbios manejos- del sector troglodita de
la emigración cubana en Florida, por cierto minoritario. Coincido con
Reding en propiciar una transición pacífica, nada molesta más al anciano
dictador que cuando siente que se abren puertas y ventanas, intercambios
culturales, accesos libres a la información. Le teme al diálogo civilizado
más que a las bombas o a los tristemente célebres marines. Si hay
conversaciones no puede haber chantajes, amenazas. No se puede inspirar
lástima ni recurrir al patriotismo si el enemigo se sienta a la mesa.
El
problema, sin embargo, es de tiempo. Insinuarle paciencia a los casi
quinientos presos de conciencia, que se pudren en mazmorras donde los
ratones representan más proteínas que las de la ración diaria, pues parece
de un cinismo inaudito. Similar a los que desde países democráticos,
llenos de injusticias pero sin obligación de aplaudir al gobernante de
turno, aún no se dan cuenta de que velan el cadáver de una revolución que
murió bajo las botas del guerrillero permanente. Hipocresía y cinismo
-respecto de Cuba- es lo que aún exhibe sin pudor un grupúsculo de la
izquierda latinoamericana, cómplice de jineteras y abortos, de la diáspora
y de la censura, de la dolarización, de escuelas en el campo donde
arrebatan los jóvenes de la familia cuando más necesitan de padres y
abuelos; y lo que es peor: de una educación no laica sino atea, no para la
vida sino para servir al máximo líder y su Partido Comunista, el único que
desde hace más de cuarenta años impone su ideología marxista-leninista,
aderezada con la nefasta tradición hispana de caudillos.
El
anticastrismo, por suerte, no es homogéneo. Fácil resulta consultar en
Internet las declaraciones de varios partidos de la oposición y de muchos
disidentes. Apenas una exigua minoría del exilio y del insilio concibe un
fin a manos de los yanquis. Es lo más triste que como colofón nos pudiera
suceder, pero lo peor es que quien más propicia esa vergüenza es Fidel
Castro. La paradoja es diabólica.
Las
homilías de nuestro Cardenal Jaime Ortega, de obispos y sacerdotes -invito
a leerlas- propician la apertura pacífica entre cubanos, sin injerencias
foráneas, bajo el postulado de que el amor todo lo puede. La visita del
Santo Padre en 1998 pareció impulsar la esperanza, hoy más que nunca se ha
podido comprobar que el gobierno cubano viola grosera, diariamente, la
Declaración Universal de los Derechos del Hombre, de la que es signatario.
En aquella ocasión Juan Pablo II pidió que el mundo se abriera a Cuba y
Cuba al mundo. Todavía se esperan los hechos -ya de gestos estamos
aburridos- por parte del dictador, como la autorización a que la Iglesia
Católica tenga una emisora de radio o se permita la distribución de
catecismos en las escuelas primarias. La pena de muerte a tres infelices
que pretendían llegar al llamado "sueño americano" o la condena a
periodistas independientes -a pesar de la carta del Papa pidiendo
clemencia- creo que es elocuente, de una elocuencia que, sin embargo, no
debe alejarnos del perdón y de la caridad, como tampoco de la impaciencia.
Coincido con Reding en lo de tender la mano. Falta la otra.
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