La libertad de los sabios
El amor verdadero solo se da entre personas que
libremente quieren entregarse a otro. Por ello la libertad se presenta con
un valor incalculable pues abre la puerta al ejercicio del amor.
El único valor que todavía suscita
unanimidad en el tercer milenio es el de la libertad. Todo el mundo está
más o menos de acuerdo en que el respeto a la libertad de los demás
constituye un principio ético fundamental: algo más teórico que real.
Quizá no se trate más que de una manifestación de ese egocentrismo
endémico al que ha llegado el hombre moderno, para quien el respeto a la
libertad de cada uno constituye más bien una reivindicación de
individualismo: ¡que nadie se permita impedirme que haga lo que quiera!
La libertad presenta dos rostros. Hay
quienes la definen por su cara exterior dependiente de las circunstancias.
Eliminar las trabas que me impiden actuar es sinónimo de libertad. Las
normas que impone la sociedad, los límites del propio cuerpo,…obstáculos,
impedimentos…leyes físicas, la naturaleza humana…Siempre queremos ir más
lejos, ir más deprisa, tener más poder…Creemos que seremos mas libres
cuando “los progresos” de la biología nos permitan elegir el sexo de
nuestros hijos…nos creemos más libres por intentar ir más allá de nuestras
posibilidades…ya no es alpinismo normal sino alpinismo de riesgo, lo que
se práctica con este concepto de libertad.
La libertad vivida como una lucha para
eliminar toda oposición a una voluntad caprichosa es la que pregonan los
teóricos, los que escriben libros, hablan y hablan de la libertad,
presentan todo fácil y accesible. Pero cuando callan, en la soledad del
silencio se advierte que el corazón sigue gimiendo por algo que no alcanza
a poseer.
Hay otros que hablan de la libertad, con
menos palabras y mayor sabiduría. Son los que saben que la libertad es
oportunidad, capacidad pero para elegir lo bueno, lo valioso, lo que me
realiza. Antes de tomar una decisión, se han preocupado de conocer qué
quieren, por qué lo quieren y lo que es más interesante ¿A dónde me
conduce esta elección? Porque las consecuencias no son nunca opcionales a
la decisión. Los sabios de la libertad invitan a mirar a la meta ¿Quién
soy yo como ser humano? ¿Qué me realiza realmente? ¿Dónde está la verdad?
¿y el bien? ¿y los otros? ¿Soy un ser para estos valores? Entonces su
libertad se convierte en el viento que mueve la vela de sus vidas, pero
con un timón bien orientado; es decir hacia los fines que le son
naturales. ¡El gran misterio humano es que somos el único ser que puede
elegirse o negarse a sí mismo! Los teóricos de la libertad cortarán las
amarras, dinamitarán los arrecifes, pero ¿a dónde van? Presentan la vida
como si fuera un enorme supermercado en el que en cada estante se
despliega un amplio surtido de posibilidades del que poder tomar, a placer
y sin coacción, lo que se quiera, pero ¿para qué? Bastaría que hubiera un
cártel de “No tomar”, para que se sintieran amenazados en el uso de su
libertad, aunque el cartel estuviera colocado encima de botellas de
veneno.
Si la libertad fuera sólo el ejercicio de
elegir, y se midiera por la cantidad de opciones que se tienen,
ridículamente a medida que la vida pasa, seríamos menos libres, pues cada
vez tendríamos menos opciones posibles. Sin embargo hay quienes rondan la
ancianidad y demuestran una libertad de espíritu infinitamente mayor que
jóvenes de 20 años, porque han invertido el tiempo de su existencia en
elegir de acuerdo a lo que querían ser, regidos por unos valores que ahora
son la corona de su andadura. Y siguen siendo libres porque siguen
eligiendo amar antes que romper en busca de su placer.
Los sabios de la libertad son los que han
descubierto que a quien hay que liberar es a nuestro corazón, prisionero
de sus miedos o egoísmos; es él quien debe cambiar y aprender a amar
dejándose transformar. Sólo el amor rompe el sentimiento de angustia de no
alcanzar nunca la serenidad. Quien no sabe amar, todo le agobiará, lo
sentirá en desventaja, se sentirá prisionero. La experiencia de la
libertad interior es la más imperiosa necesidad del hombre y la mujer
actual porque nunca como ahora se han roto tantas trabas y se vive con
tanto desasosiego emocional.
El ser humano manifiesta una gran ansia de
libertad porque su aspiración fundamental es la aspiración a la felicidad,
y porque comprende que no existe felicidad sin amor, ni amor sin libertad.
El amor es un producto que, aunque se tasa con avaricia, no se cobra, no
se vende, sin que deje de serlo. El amor verdadero solo se da entre
personas que libremente quieren entregarse a otro. Por ello la libertad se
presenta con un valor incalculable pues abre la puerta al ejercicio del
amor.
Merece la pena escuchar la vida de los
sabios de la libertad, que hablan menos y son más libres, porque son más
seres humanos. Han elegido la verdad, el bien y el amor como las metas de
su vida y con ello han encontrado lo que no se encuentra con sólo eliminar
trabas: la paz del corazón.
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