Escuela: vocación y profesión
Carlos Díaz
Existen al menos tres profesiones en las
cuales coinciden la vocación y la profesión: sacerdocio, medicina y
magisterio. Las tres buscan sanar: el cuerpo (medicina), el alma
(sacerdocio), el espíritu (magisterio); las tres, pues, tienen algo de
rabínicas, incluso de sagradas (heilen: sanar y a la vez salvar). En las
tres hay también una dimensión diacónica, servicial. Las tres, en
definitiva, son por todo ello profesiones de autoridad (auctoritas), si
recordamos las raíces etimológicas de este término: augeo (auge), auxi
(auxilio), auctum (elevación, conversión en autor), auctoritas (ejercicio
de la autoridad).
También en el caso del maestro, a pesar de
su menor prestigio social, y de su importancia decreciente, su vocación es
la de vivir ayudando a los demás a realizar su proyecto existencial, pese
a la dificultad de la tarea y la humana fragilidad. El maestro asume su
profesión para hacer que el alumno llegue a ser más (magister) sirviéndole
ministerialmente, es decir, autoaminorándose el maestro mismo (minus,
ministerio).
Tanto es el valor de estas tres
profesiones, que a sacerdocio, medicina y magisterio le han salido
reactiva y contínuamente impugnadores. Como reacción frente al poder que
confieren estas profesiones, a veces ejercidas pésimamente, han alzado su
voz el anticlericalismo, el antimedicinalismo y el antimagisterio, las
cuales voces sin embargo no son más que formas de homenaje y
reconocimiento a la importancia de aquello que impugnan.
El poder del magisterio sigue existiendo,
pero ahora sólo en una élite de docentes universitarios cosmopolitas,
grandes popes, animales prestigiosos, los cuales reunen tres
características: primero, publican en inglés, la lengua del imperio;
después, trabajan inter campus, es decir, exportándose informáticamente a
todos los centros neurálgicos de las mejores universidades
(videoconferencias interactivas en tiempo real, etc), haciendo
omnipresente su publicitado mensaje, contra el que no cabe competir por
los medios clásicos del libro y de la enseñanza cara a cara; finalmente,
aplican sus saberes a las necesidades del Imperio mismo que así les
entroniza y tecnotroniza, pues los expertos oficiales han de estar
concertados con los programas institucionales a los que sirven de
legitimación teórica.
Normalmente, estos hiperintelectuales o
megaprofesores abandonan a los alumnos de los primeros cursos, y solamente
ejercen un magisterio selectivo y mínimo. Los expertos de los refinados
cuerpos de conocimiento reclaman un estatus no sólo de especialistas en
tal o en cual sector, sino con frecuencia jurisdicción absoluta sobre la
totalidad del sector en cuestión: pontifican sobre lo divino y lo humano,
salen en la red luego existen. Tienden por ello a considerarse expertos
universales sobre un plano de gran abstracción, pues cuanto más abstractas
resultan las legitimaciones, menos posibilidad existe de que se modifiquen
según las cambiantes exigencias pragmáticas.
Son “intelectuales bonitos”, áulicos,
palatinos, grandes catedráticos, tolerantes con todo aquello que a su vez
les tolera el Imperio, al que ellos ponen altavoz. Estos “cuerpos de
especialistas” presiden la provisión de cargos, la distribución de becas,
las fundaciones, los premios, el ranking de las profesiones, la
publicación de lo culturalmente correcto, el poder de decir lo que vige y
rige, e incluso de lo que ha de venir en el futuro, y todo ello
indefectiblemente al servicio de lo económicamente correcto, que en última
instancia paga para eso. Y andan rodeados por una corte de aduladores, que
a su vez habrá de repetir con pedísecua habilidad los mismísimos arcanos
que sus maestros para alcanzar su estatus el día de mañana.
Pero su pretendida ciencia pura no está por
encima del capitalismo que les nutre, ni fuera de las universidades en que
se enclasan, ni más allá del poder que les tienta, aunque sí, desde luego,
dentro del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, de los que
próximos o remotos son sus satélites. Estos consejeros, redactores y
turiferarios del Imperio elaboran todo tipo de directrices sobre la vida y
costumbres de los demás. Ahora bien estos voceros de su amo a su vez son
la voz de los periodistas, de las televisiones, e incluso de los apartos
ideológicos del Estado. Y así, de arriba abajo, su influencia llega hasta
la más modesta escuela primaria y hasta el más humilde hogar, cuya
televisión repite las campanadas primeras. Resulta casi imposible luchar
contra esta pirámide de sacrificios.
Nada más lejos de este monopolio
“educativo” que la búsqueda del principio de beneficencia, que consiste en
trabajar no sólo para cubrir un horario con el que ganarse la vida, sino
para hacer el bien (bene facere), a veces sin demasiado beneficio
crematístico. Para su propio infortunio, esas gentes jamás podrán imaginar
la felicidad que gratuitamente se agrega a aquel cuya vida está regida por
el principio de beneficencia. Sin embargo, en lugar del principio de
beneficencia se instaura el principio de maleficiencia: yo hago un club de
ajedrez para enseñar este juego, pero termino utilizándolo para captar
amigos de buenas posiciones sociales. No pocas instituciones docentes,
médicas y sacerdotales, nacieron con la vocación de servicio a los pobres
y han terminado siendo clubs de élites burguesas. Ojo con esto, porque si
una generación no se da cuenta de lo que hace, la siguiente sabrá lo que
no va a poder hacer ya.
Del principio de maleficiencia se deriva el
de la presencia de bienes meramente extrínsecos. Muchas veces nuestras
instituciones están montadas sobre bienes extrínsecos: publicidad,
eficacia, buen nombre, funcionalidad, que implacablemente van ahogando
cada vez más el proyecto original, hasta que al fin lo pervierten. También
aquí la tarea es la de reganar para la institución bienes intrínsecos
conforme al ideario, un ideario que sea de verdad realizado ya que, si el
ideario no se realiza, no tiene ya otra salida que no sea la de
metamorfosearse en bestiario hipócrita.
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