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Fiesta de “Corpus” y caridad

J. Antonio Doménech Corral

Que la carne de Cristo es verdaderamente comida y su sangre verdaderamente bebida, bajo los accidentes del pan y del vino, es lo que celebramos cada año los católicos en la festividad del Corpus. Pero también en España, unida a ella, el Día Nacional de Caridad; correspondiendo a este de 2004 el lema “al encuentro de los últimos”, fijado por la Comisión de Pastoral Social de la Conferencia Episcopal Española.

Comprendo las razones bíblicas, teológicas y hasta humanas que movieron al episcopado español, hace años, a fusionar ambas celebraciones en la misma fecha: Que “en torno a la mesa de la Eucaristía, todos nos sentimos familia del Reino, todos hijos de Dios y hermanos unos de otros, todos reconciliados compartiendo el mismo pan”, según mensaje del propio episcopado en la pasada campaña de 2003. Y también que, tratando la Eucaristía del sacramento del Amor, como ha querido resaltar en la actual, “adorar a Dios humanado significa ir al encuentro de los últimos”, los más pobres y marginados para socorrerles y ayudarles.

Sin embargo se corría el riesgo, como así sucede, que en las homilías de esta festividad tratase el celebrante más de la caridad y de la necesidad de que los fieles contribuyan generosamente en la colecta, que de moverles al amor y adoración del mayor de los sacramentos que contiene la presencia real de Cristo. Lo que es muy importante advertir y hacer presente siempre; pero sobre todo en la época que vivimos donde la Eucaristía, en la práctica de muchos creyentes, parece haber perdido su realidad divina para quedar reducida a un mero signo del confraternizar. Porque no niego la urgencia de recaudar gran cantidad de dinero para aliviar la situación de los más desfavorecidos de la sociedad o desechar conductas discriminatorias con los emigrantes; pero es que la gente, religiosa o agnóstica, ya tiene tomada conciencia de ello y no rehuye su aportación. Sin embargo, lo imprescindible para un católico es no olvidar nunca que su Iglesia “vive de la Eucaristía que contiene todo su bien espiritual, es decir, a Cristo mismo presente en este sacramento del altar”, como recordaba Juan Pablo II movido por esta preocupación en su última encíclica “Ecclesia de Eucaristía” (2003), sobre el culto al Corpus Christi. Y esmerarse además en el conocimiento y cumplimiento de todas las disposiciones que lo protegen, para evitar aquellos abusos que en la actualidad se vienen cometiendo y “contribuyen a oscurecer la recta fe y doctrina”. Abusos recientemente denunciados en la Instrucción vaticana “Redemptionis Sacramentum” de la Congregación para la Doctrina de la Fe (2004).

Unos abusos de los que la afamada Valencia eucarística se muestra bastante a salvo de cometerlos, como no hace mucho declaraba el canónigo prefecto de Liturgia de su Iglesia Metropolitana, don Jaime Sancho. Gracias a su arraigada y ejemplarizante devoción que le viene nada menos que del siglo XIV, cuando en tiempos de su arzobispo Hugo de Fenollet (1348-1359) fue la primera del orbe católico en celebrar esta fiesta del Corpus sacándolo en procesión por sus calles. También al Santo Cáliz de la última cena de Cristo que guarda en su catedral desde el siglo XV. Sin olvidar a su número de santos eucarísticos, el mayor que haya dado nunca ciudad alguna; y entre ellos el Patriarca y Arzobispo San Juan de Ribera, fundador en Valencia del único monumento erigido en el mundo al culto solemne del Corpus Christi para ejemplo de todas las iglesias, de sacerdotes y fieles.

 
 

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