Libertad cristiana
Miguel Rivilla San Martín
Dios nos ha hecho libres -no robots-, a “su imagen y
semejanza”, pero no independientes. Nos sentimos criaturas libres para
optar entre el bien y el mal.
Para los
que creemos en Cristo como Señor de la Historia y verdadero Libertador de
nuestras vidas, sabemos que no siempre coincide el concepto de libertad
humana con el de libertad cristiana.
Para muchísimos que no comparten nuestra
fe, la libertad se confunde frecuentemente con el libertinaje.
Se creen libres cuando hacen lo que les da la gana, sin más normas que su
propio capricho y creyendo que no tienen que dar cuenta de sus actos a
nadie.
No precisan que alguien les diga lo que
es bueno o malo, lo verdadero o lo falso, lo justo o lo injusto. Ellos son
para sí mismos su propia norma o ley. ”Es bueno lo que me gusta o
apetece y es malo lo que me desagrada o contraría”.
La única limitación
a su “libertad” es la fuerza coactiva de la ley humana, impuesta por el
consenso de los demás. Suelen hablar casi siempre de derechos, pero casi
nunca de obligaciones. Éstas las aceptan no tanto por convicción personal,
como por miedo a incurrir en sanciones o castigos previstos por esa misma
ley
Los cristianos sabemos que
Dios nos ha hecho libres -no
robots-, a “su imagen y semejanza”, pero no independientes.
Nos sentimos criaturas libres para optar entre el bien y el mal. Somos por
voluntad de Dios criaturas autónomas, pero en modo alguno independientes
del Creador, que tiene derecho sobre todas y cada una de sus criaturas.
Los
cristianos aceptamos que nuestra libertad lleva pareja nuestra
responsabilidad, es decir que
tenemos que “responder” ante Dios de lo que hacemos tanto en
nuestra vida como con
nuestra vida. Sabemos que este don de la libertad se termina
en el momento de la muerte. Aunque vivamos eternamente ya nunca gozaremos
de libertad. ”Del lado
que cae el árbol al cortarlo de ése permanecerá para siempre”,
dice la Biblia.
Otro aspecto interesante por demás, es
el de considerar que la libertad plena y verdadera
no es tanto la libertad de acción
(poder hacer una acción o la contraria), sino la libertad
interior, que se ha de identificar
con hacer siempre el bien y buscar la verdad.
Esta libertad es la libertad
“hacia” o “para”: o sea la libertad
que tiene un sentido no en sí misma -porque estaría vacía de contenido-,
sino que tiene un contenido en la razón de ser de las cosas y de las
acciones. En definitiva, del que está detrás de todo y trasciende todo:
El Absoluto o el
Creador de todo cuanto existe.
|