Figurines a la carta
Víctor Corcoba Herrero
...creemos que somos grandes y libres, y jamás hemos
estado tan encarcelados por el consumo, por la apariencia, por ser lo que
otros quieren que seamos.
No puede
ser hermoso lo que esclaviza. Estar como un figurín se ha convertido en
obsesión, y eso, para nada embellece. Ni los cosméticos dan la felicidad,
tampoco las dietas, convertidas en todo un negocio, y mucho menos la
inmensa mayoría de productos que nos meten por los ojos para que piquemos.
A la sombra de todo ello, se cuecen abusos, tomaduras de pelo e
ilegalidades, que campean a sus anchas, con cierta dosis de prepotencia y
chulería.
La belleza
que se apodera de nosotros hasta volvernos un auténtico figurín es otra
forma de mentira, podrá impactarnos a primera vista; pero, más pronto que
tarde, nos defraudará, porque no es un esplendor que enamora. La moda por
la esbeltez, a cualquier precio, nos deja sin palabras, con el alma
desencajada de tantas medidas y modos. Ahora que se va a crear el derecho
a la identidad sexual en el Registro Civil, no estaría demás crear también
el derecho a que le dejen ser uno mismo y, así, embellecerse de sí, con
pensamientos y palabras. O lo que es lo mismo, que le permitan a uno ser
como es. También lo amparen, con derecho de amparo constitucional o sin
él. Todavía más, digo. Toda la sociedad debiera movilizarse en defensa de
su parcela de vida, tantas veces amortajada, y que nos pertenece por el
hecho mismo de nacer, que acabará siendo un privilegio. Otros no verán la
luz, esa es otra cuestión, que nos cuestiona la vida.
Se nos
pide un cuerpo diez, en esta sociedad egoísta e hipócrita hasta el
tuétano, y tragamos como ranas. Los remos los llevan otros que nos mueven
a su antojo. Se nos incita a la vida fácil, a la juerga de alcohol y demás
jaleos pastilleros, todo lo soportamos, aunque nos deprima el alma. La
permisividad viste mucho. La autoridad nada. Todo lo confundimos. En
realidad, nos confunde la mano que nos mueve el figurín. Nos aplauden y
creemos que somos grandes y libres, y jamás hemos estado tan encarcelados
por el consumo, por la apariencia, por ser lo que otros quieren que
seamos.
Personalmente, me niego a ser un figurín de esta caduca sociedad abortista
del mal llamado estado del bienestar, que pasa de la ética (no del
etílico) y de las personas (las impersonaliza), capaz de aplastar sin
consuelo a los más débiles. Decía ya Cervantes que “la hermosura que se
acompaña con la honestidad es hermosura, y la que no, no es más que un
buen parecer”. Hoy por hoy, nos faltan manos inocentes y corazones de
verso, aptos para revivirnos la belleza de la autenticidad, que está en la
pureza de la vida, bajo los dones de justicia y rectitud. En suma,
figurines a la carta no, dejémoslos crecer por dentro, y que cada cual,
por fuera, vista su hechura con su propio paisaje singular: Cada cual con
su cada uno y cada uno con su cada cual.
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