Un eslogan sin verdad, no es garantía de nada
Víctor Corcoba
Herrero
Los baños
de eslóganes que a diario recibimos por tierra, mar y aire, se han
convertido en formas avasalladoras y déspotas, fondos sin verdad alguna,
expresiones breves que nos impresionan y aprisionan, reprimen y aborregan.
Nos podrán decir mucho en pocas palabras, pero nada nos garantizan. El
aval, en la mayoría de los casos, carece de autenticidad; y, lo que no es
verdadero, nunca es benigno, por más que nos quieran transmitir y retener.
Al igual que una cultura sin verdad, no es una garantía para la libertad,
tampoco las palabras bellas encauzadas, a golpe de engaño, serán caución
para la vida. Un ejemplo ilustrativo podría ser, ahora que todos tenemos
la fiebre del amor europeo, la prepotencia de esa vuelta a Europa, contigo
o consigo aunque sea lo más engañoso, pero fuertes, sin actitud humilde
alguna. Ya me dirán, ¿cómo resolver el problema de la Europa unida si se
parte de planteamientos falsos? Serán amores imposibles para desgracia de
todos.
Demasiada
literatura nos venden y pocos compromisos reales se cotizan. Los ambientes
empiezan a estar hartos de frases que nos dejan frescos, para calentarnos
a tortas, los unos con los otros. Nos falta esa perspectiva de la verdad,
capaz de hacernos trascender en las ideas, de esperanzarnos, más que como
ciudadanos, término puesto de moda por los políticos en los últimos
tiempos, como personas; el único ser del universo visible capaz de tomar
conciencia de sí. Tomada esa razón de verdad, los eslóganes dejarían de
entrar en conflicto. Un raciocinio que debe ser cultivado en todos los
centros educativos, para que seamos capaces de discernir el diluvio de
lemas que nos bombardean. Entre todos los recursos materiales y humanos de
escuelas y universidades, se precisa una cátedra de laboratorio cultural,
que nos cultive en el pensamiento. Esto sería bueno para crecer en
diálogos constructivos. De lo contrario, las letras serán sólo letras sin
semántica, ni armonía alguna; las ciencias perderán conciencia y sentido
de vida; el pensamiento educado filosóficamente, olvidará la trascendencia
del ser humano.
El
espectáculo de eslóganes ha dejado de ser creíble por su increíble necedad
y torpeza. Luego, los hechos son los que son. En un ámbito de
disgregación, en el que todo se mueve por intereses económicos y de
partido (marcas), resulta difícil tragarse historias que, aunque estén
bien servidas, nos indigestan. Por muy cultivados que nos veamos, tal vez
más de cara a la galería, y reflexionemos sobre la cultura europea, lo
cierto es que en nuestra propia casa, todavía somos incapaces de ponernos
de acuerdo en temas que son derechos fundamentales, como el educativo,
donde una actitud partidista está produciendo confrontaciones sin
precedentes. Este espectáculo bochornoso de unos políticos incapaces de
ponerse de acuerdo, sí que debiéramos fijarlo en la memoria, más que ese
árbol de recetas eslogan, por muy frondoso que sea. Hay ciertos abonos que
a las plantas vuelven artificiales, como hay ciertos pensamientos que a
los seres humanos nos vuelven cretinos.
La
impresionante red de eslóganes y marcas que nos circundan, requieren
instituciones educativas serias y profundas, dispuestas a enseñarnos la
verdad del horizonte, de hacernos ver las profundas necesidades y
aspiraciones de una sociedad que corre cada vez más el peligro de olvidar
sus raíces de vida, sometida a una visión sin alma, de culto al cuerpo,
viciada por el sexo y enviciada por la material. Afrontar este desafío
exige desempolvar tantas falsedades de eslóganes, que son bandera de
algunas mentes perversas. Urge, a mi juicio, desarrollar una presentación
persuasiva de la auténtica verdad, sin condiciones, ni condicionante
alguno, porque de seguir con la mentira, la vida también dejará de ser
ella misma; será una condición, condicionada a ser productivo. El que no
lo sea, que se olvide de vivir, ofertándosele una muerte solapada, una
muerte dulce. Algo tremendo, tremebundo, pero que está ahí, y que muchos
pensadores han bautizado como la cultura de la muerte del nuevo siglo.
Frente a
tantos desajustes, pienso que un buen auxilio para la reflexión, no pasa
por beber eslóganes sin más, sino por analizar situaciones. En este caso,
el Sitges Teatro Internacional al adoptar el compromiso de presentar
espectáculos sobre la intolerancia, el drama de los emigrantes que mueren
en pateras, la prostitución o la guerra de Irak, contribuye a que el
pensamiento florezca desde la puesta en escena de imágenes que han de
conmovernos, porque es la realidad viva la que se nos ofrece, la verdad de
tantas circunstancias horribles, que debemos repeler con el corazón de la
unidad. Eso si es garantía de paz en el futuro; como garantía de vida,
será ofrecerles posada a los que nada tienen; y, descanso de luz, a los
que viven en tinieblas.
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