Ante los falsos dioses
Víctor Corcoba
Herrero
Los dioses
de la basura, embozados de jefes, bajo la corona de los mezquinos ídolos
de nuestro tiempo, voceros de engañosos ideales, nos han retornado a la
esclavitud más dura y a una humanidad crecida -y recreada- en la mentira.
El último rebuzno, aunque lo propinen por lo bajini, es decidir, ya no
sólo sobre su vida, también sobre la de los demás o la de aquellos que
teniéndola no puede defenderse.
Ante tan
cruel panorama faltan buscadores que se gasten y se desgasten en favor de
la vida, personas afanadas en la búsqueda del alma y en la rebúsqueda del
bien, hasta que el olmo de la verdad crezca para todos. Los doctores de lo
eterno, nos han legado las claves. Para muestra, el ejemplo de Unamuno. Su
religión consistía en buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad,
aun a sabiendas de que no había de encontrarla mientras viva; su religión
-insistía- era luchar incesante e incansablemente con el misterio; con
Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche.
Ahora se
busca la forma de engañar, de vivir en la mentira. Cuestión difícil de
soportar. Los dioses del éxito, el placer en su salsa viciosa, agenciarse
del poder para vivir a cuerpo de rey, el prestigio para influencias
malditas, oprimen y acaban destruyendo corazones; desajuste que ni los
psiquiatras son capaces de ajustar, poner en movimiento y encauzar.
Toda esta
barahúnda de falsedades y prepotencias, indigna a cualquiera que tenga un
mínimo de sentido común. Algo parecido debió sentir, en su sagrario
íntimo, el presidente del Tribunal Constitucional, Manuel Jiménez de Parga,
mostrando su faz de indignadísimo, ante ciertas afirmaciones que se están
realizando contra la Iglesia y los colegios religiosos, que calificó de
“basura” y “canallada”. Un gesto que le honra. No se puede dejar la vida a
la deriva de los falsos dioses. No se puede hacer oídos sordos. No se
puede hacer de la vida un cementerio de sinsabores al capricho del poder.
¡No!. Y es un ¡no! rotundo.
Quizás las
chulerías dominadoras serían otras, si cambiáramos por dentro. Un buen
baño de gozo contemplativo, nos aviva. Estoy seguro, se lo aseguro. Por
algo nos lo han cepillado, con seriales de falsos dioses, porque los seres
pensantes no tragan. La sombra de la patraña nos impide ver la luz,
contemplar la belleza de la creación, entusiasmarnos con ella.
Contaminados por ideologías consumistas, resulta difícil respirar aires
inmaculados y tomar la vida como una aventura maravillosa.
En todo
caso, despreciar lo sublime es como ahorcarse en sí mismo, trastocar el
orden de la hermosura, degradar el amor propio y de nuestros vecinos, que
somos todos. Una buena higiene, contra la basura de los falsos dioses,
podría ser la puesta a punto del corazón. A poco que miremos a nuestro
paso, veremos jóvenes sedientos de alegría, niños con la inocencia rota,
mujeres con pupilas de mar en sus ojos, pobres extendiendo la palma de la
mano, personas sin ganas de vivir. Una profundización en la vida interior,
lejos de conducir a cerrar los ojos hacia los falsos salvavidas y dejarse
llevar por ellos, llama a interrogarse, que la vida es demasiado corta
para que la construyamos despreciable, mangoneada por dioses
amortajadores.
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