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Cultura y religión virtuales

J. Antonio Doménech Corral

Ese último grito de la técnica de la comunicación por el que se anuncia que desaparecerá la prensa escrita y que, aplicado al mundo de la religión, introduce ya en los hogares la iglesia cibernética evitando tener que desplazarse a los templos, a mí como a muchos sólo empezará a interesarnos cuando las fuerzas nos flaqueen.

Ya lo había predicho el mago de la comunicación digital, el norteamericano de Boston Nicholas Negroponte, director del famoso Instituto de Tecnología de Massachussets. Que la comunicación digital iba a convertirse en poco tiempo en algo parecido a un diario que se podría hojear y cambiar, pero más cómodo. Sin dependencia del día ni la hora que se precisan para su distribución. Y que al papel prensa le quedaba un máximo de 30 años de vida de nuestro siglo; porque entonces habría desaparecido tragado por el comecocos de la cibernética. No más diarios, revistas, libros, ni siquiera esa pequeña agenda personal que solemos llevar en nuestro bolsillo para las anotaciones imprevistas. Todo se nos dará servido en cada una de las pantallas de cristal líquido de nuestros hogares para que lo veamos, clasifiquemos y archivemos según gustos. Incluso escribamos nuestras notas sobre ella, pudiendo volver sobre lo mismo a nuestro antojo.

No me atrae a mí, sin embargo, esto que se anuncia último grito de la tecnología de la comunicación. Pues, por más que se cuenten maravillas, no creo que los nuevos medios lleguen a suplir el placer de la lectura de un libro o de nuestra revista favorita acomodados en el banco de un jardín, a la sombra de un tupido árbol si se tercia, impregnando de rica esencia los pulmones. O de la primera ojeada de un diario entre bocado y bocado del almuerzo, con el ruido de fondo de platos, copas y murmullos de los habituales del bar de la esquina.

Tampoco me atraen las ya aparecidas iglesias cibernéticas cuyos edificios por fuera y por dentro son virtuales. Nada de monumentales moles y ricos artesonados. El altar, el púlpito, las imágenes, los asientos, los fieles, todo cuanto entra por los ojos es como en dibujos animados. Mientras que la intervención del cura y la participación de los fieles con sus rezos y cantos -todo lo que se percibe por el oído- es real, fruto de la conexión de unos con otros vía internet. Son las nuevas iglesias interactivas o aplicación de la tecnología del siglo XXI al mundo de la religión, con el fin de acercar la iglesia a aquellos cuya fe no alcanza la suficiente fuerza para levantarles de la cama y llevarles a misa los domingos. Incluso les acerca también el “cepillo” facilitándoles su piadosa contribución económica.

Y mi rechazo no proviene de que esta primicia se deba a la iglesia evangélica que la ha introducido ya en una canal del Reino Unido con el desafortunado y poco caritativo nombre de “Iglesia de los tontos”; sino porque, en mi opinión, nunca será capaz de transmitir ese aura sagrado que envuelve la casa tradicional de Dios, con su olor a incienso y cera penetrantes evocando lo divino; ni podrá sustituir la presencia física con calor humano de un pueblo bendiciendo a su creador. Porque también la iglesia católica hace años (1971) apostó por estos avances tecnológicos, a los que calificó de “dones de Dios” en la instrucción “Communio et Progressio” del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales. Incluso en otro documento reciente titulado “La Iglesia en internet”, donde afirma que este medio ofrece nuevos instrumentos al servicio del evangelio y que “por supuesto conlleva una adaptación de nuestra mentalidad a las características y estilo del mismo”. Pero quizás esta “adaptación” no nos acomode, a mí como a muchos, hasta que la salud nos flaquee y nos impida acudir a la iglesia y al cura de siempre.

 
 

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