Israelitas y
palestinos
Walter Turnbull
Veía en una emisión del mejor programa
(según yo) de la televisión mexicana, “El Pulso del Papa” (canal CNI,
domingos, 9:00 A.M: y 6:00 P.M.), una entrevista a un consejero de la
embajada de Israel, preguntándole su opinión acerca del conflicto
palestino-israelí y la conflictiva barda que el gobierno israelí está
construyendo. Obviamente los israelitas tenían toda la razón y los
palestinos toda la culpa. La semana anterior habían entrevistado a un
representante de Palestina, y en esa ocasión los culpables eran los
israelitas.
La situación está bien difícil. Según
entiendo, el problema se remonta al día en que los israelitas invadieron
tierras palestinas en una corta guerra, cuado los árabes en conjunto
intentaron “echar a los judíos al mar”, para sacarlos de una tierra que
había sido otorgada a Israel por acuerdo de la ONU y que estaba en poder
de Inglaterra, que a su vez se la había quitado a alguien que seguramente
se la quitó a otro, y ese a otro, y así, hasta la invasión de las tierras
de Canaán por parte de los israelitas por ahí del 1,200 A.C.. El problema
es que los árabes no acataron un acuerdo internacional que en ese momento
parecía justo y necesario, y declararon la guerra; y que los israelitas
prometieron ser benévolos y equitativos con los habitantes de esa tierra,
y, según se dice, cayeron en maltrato y en abusos; y los palestinos para
desquitarse recurrieron al terrorismo, y los israelitas para desquitarse
recurren a la represión. La espiral de violencia ya está servida. Hoy los
palestinos dicen que Israel no quiere dialogar y los israelitas dicen que
no pueden dialogar con Palestina porque Palestina no tiene un gobierno
respetable que lo represente para el diálogo.
Para lograr la paz, habría que poner en
juego con mucha determinación algunas virtudes humanas. Ambos tendrían que
ser veraces para aclarar la situación actual; ambos tendrían que ser
justos para proponer una situación nueva; ambos tendrían que ser
disciplinados para acatar y cumplir los compromisos adquiridos; y acompañe
todo esto con una buena dosis de honestidad, sinceridad, templanza,
prudencia, moderar expectativas... Virtudes difíciles, no cabe duda.
Y todo eso no sería suficiente. Sucede
que los dos bandos se han herido profundamente. Ha habido muchos inocentes
gravemente lastimados. Y sucede que, tarde o temprano -no importa cuánto
se esfuercen los gobiernos-, alguien se va a brincar las bardas y va a
cometer algún abuso, algún atropello, alguna agresión. Es aquí donde se
requiere una práctica que no es humana: hay que estar dispuesto a perdonar
ofensas pasadas y posibles ofensas futuras.
La doctrina de Cristo rebasa el dominio
de la justicia y de la equidad. Jesús nos llama a la caridad con todos, a
poner la otra mejilla, a combatir el mal con el bien. Pensaríamos que es
imposible si no hubiéramos visto en las noticias a Gandi y a Martín Luther
King; y en lo secreto a todos los mártires cristianos que nuestra Iglesia
ha dado a lo largo de dos milenios. Para alcanzar la paz no bastan las
virtudes humanas, hace falta el espíritu de Cristo.
Que todas las religiones son iguales,
dicen algunos; que el mundo para progresar no necesitó ni va a necesitar
del cristianismo; que la inteligencia y la buena voluntad son suficientes.
Aquí tenemos dos pueblos, dos religiones
supuestamente serias. Palestinos e israelitas son musulmanes y judíos.
Ambos tuvieron la oportunidad de acoger a Cristo antes que todos. Unos no
lo recibieron y otros lo abandonaron (igual que nosotros a cada rato).
Dios sabrá qué va a hacer con ellos según sus intenciones. Por lo pronto
el echo es que ambos necesitan la paz, y, para lograr la paz, tendrían que
aceptar, si no a Cristo, al menos una parte de su divina doctrina. Igual
que nosotros.
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