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¿Requiem por la clase obrera?

Carlos Díaz

Un oscuro turista francés, viajando por Nueva York en 1932, comprendió que aquel presente era el futuro de los trabajadores: Alexis de Tocqueville, que escibió un libro denominado La democracia en América, hoy ya clásico. Marx basó su análisis en la clase obrera de Londres, Tocqueville en la neoyorkina. Comprendió que la lucha de clases se sustituiría por la búsqueda individual del bienestar: el bienestar individual produciría el bienestar de todos. Si cada individuo promueve su bienestar personal particular, el resultado será el bienestar de todos: he ahí el sano individualismo. Al verse en condiciones de luchar por la propia felicidad con ciertas garantías de éxito, todo hombre se centra en su microproyecto, en sí mismo, y en su familia y amigos: "no conozco -escribe Tocqueville- ningún otro país donde el amor al dinero ocupe un lugar más grande en el corazón del hombre, y en donde se profese un desprecio más profundo por la teoría de la igualdad permanente de los bienes".

Es así como el proyecto sociopolítico genérico de "la" clase trabajadora deja aquí paso a "las" virtudes humanas individuales: tenacidad, laboriosidad, independencia, espíritu de sacrificio, responsabilidad y orgullo, todas ellas virtudes privadas. Ni una sola virtud pública hay en esta manera de ver las cosas: ni política, ni ciudadanía, ni asociación, ni movimiento obrero; además no hace falta lo público, pues el orden político será regulado por un Estado mínimo que se limitará a garantizar la posibilidad de hacer negocios privados, los únicos apasionantes. Para el gobernante, la indiferencia política será la virtud ideal de los ciudadanos: centrados en lo privado, dejarán la política en manos de unos cuantos gestores de la cosa pública reducida a su mínima expresión. Por su parte, la impotencia política del poder será la única virtud ideal para el ciudadano: sin Estado fuerte en los auriculares no oiremos otra voz que la propia y la de nuestro microgrupo.

Tras las huellas de Bernard Mandeville en su célebre "Fábula de las abejas", ahora se repite que los vicios privados producen virtudes públicas: incluso en su forma viciosa, lo privado es rentable. Un hombre austero y sobrio necesita trabajar poco para subsistir y generará escasa riqueza, los enemigos del consumismo son enemigos del bienestar; en cambio un vicioso necesita producir mucho para mantener sus vicios y los de sus adláteres.

Así las cosas, ausente una única clase común a todos los trabajadores ("la" clase obrera, sin adjetivos), de resultas de este individualismo la clase obrera ha terminado fragmentándose, estratificándose, pulverizándose en tantas como trabajadores:

! Los no-collards o neoparias, los desempleados y los carentes de toda prestación social, los marginales.

! Los blue-collards o de cuello azul: mecánicos, mano de obra, empleados fabriles, etc, todos ellos en el primer mundo en lenta y progresiva disminución.

! Los pink-collards o de cuello rosa: peluqueras, secretarias, asistentas, servicios habitualmente desarrollados por mujeres.

! Los white-collards o de cuello blanco: oficinistas, profesores, etc.

! Los silicon collards o cuello de silicio: alta especialización en asuntos relacionados con las nuevas tecnologías en un mundo basado en el vidrio y en el silicio, tales como informáticos, trabajadores en las redes telecomunicativas, etc.

Hemos vuelto prácticamente al régimen de castas hindú. Si la nueva riqueza está en la red, la nueva pobreza es directamente proporcional a la dificultad para entrar en dicha red. El futuro está en poder ganar millones de dólares especulando en la red. El escenario histórico ya no es la fábrica; ahora no es analfabeto quien no sabe leer ni escribir, sino quien no sabe entrar y salir por la red como Pedro por su casa, por eso los padres modernos enseñan a sus niños a pedir los regalos a Papá Noel por ordenador. Obsérvese que entrar en la red resulta mucho más difícil que descargar camiones o que abrir hoyos en el suelo con un pico y una pala, pues lo primero exige una cualificación superior. Ahora bien, cuanto mayor es la exigencia de cualificación, más lejos quedan los inexpertos de cualquier ocupación laboral. Por eso los pobres de ahora que no saben acceder a la red son todavía más pobres que los de antes, a pesar de que en el primer mundo se intente paliar su decadencia.

 
 

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