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La reforma de la verdad

Jaime Septién

Cuando escuchamos que en México los números de la economía son fuertes, pero que dependen demasiado de los números de Estados Unidos, la tristeza nos invade: ¿por qué, si tanto nos llenamos la boca de ser un país soberano, somos -hasta en los frijoles- tan insuficientes?

El vecino del norte hace su tarea. Con métodos bastante discutibles, pero, a la hora de ponerse de acuerdo, trabajan en armonía y orden, y sacan adelante las acciones que el momento les reclama. Nosotros, no. Aquí estamos privilegiando, en la política y en la vida de la ciudad, la imposición autoritaria de «mi» verdad, a costa de «la» verdad.

La reconciliación, el acuerdo, el diálogo para echar a andar un país que se encuentra varado, es reclamo de todos los mexicanos de a pie. Vemos con recelo cómo unos cuantos «servidores públicos» no quieren ponerse a trabajar al mismo tiempo. Sin embargo, se nos olvida que todos somos políticos y, por lo tanto, podemos ponernos de acuerdo y hacer lo que ellos no hacen: comenzar la reconciliación y el acuerdo: hablar con la verdad.

Cierto pensador chino -Chuang-Tse-, preguntado por sus alumnos cuál sería la primera de las reformas si en sus manos estuviera llevar a cabo alguna para desterrar la miseria y el hambre de su territorio, no dudó en contestar: «la reforma del lenguaje». Y es cierto: si las palabras las usamos para hacerle daño a otro; si no tenemos pudor frente a la mentira; si basamos el éxito en el engaño, ¿cómo vamos a poder ponernos de acuerdo? La mentira no sólo corrompe el lenguaje, también la vida en común para la que estamos hechos.

México está metido, desde hace décadas, en un problema de verdades a medias, estadísticas y opiniones. Verdades a medias que son mentiras completas; estadísticas que muestran, tan sólo, la postura temporal de una dudosa mayoría (o la ignorancia de una monstruosa mayoría) y opiniones que no pasan de ser eso, opiniones. Por lo demás, la culpa no recae sólo en los dirigentes. Tampoco nosotros sabemos muy bien ponernos de acuerdo en la casa, en la escuela, en el trabajo o en la asociación, incluso cuando ésta se dedica a fines altruistas. Comenzar por ahí, por educarnos en el sacrificio de ceder y concordar; de unir fuerzas y emparejar visiones a largo plazo. Comenzar por la educación primaria en el respeto al otro. Comenzar por descubrir que siempre hay algo más importante que el orgullo egoísta para que nuestra comunidad mejore. Quizá nuestro testimonio mueva a las autoridades a dar un paso adelante, un paso diferente, para dejar el horroroso lugar desde el que operan ahora.

 
 

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