Contra la
inseguridad: tomar la iniciativa
Jaime Septién
De las muchas formas en las que afecta
la inseguridad pública, hay una de la que muy poco se habla: su relación
con la democracia. Las cifras de secuestro, robo con violencia y
homicidios han poblado, últimamente, las páginas de los periódicos. Como
reacción en sentido contrario, decae la participación ciudadana en los
asuntos públicos y, por tanto, la democracia se desinfla.
Democracia no es tan sólo votaciones y
comicios. En esencia quiere decir que el poder de hacer las cosas recaiga
en la sociedad y no en el gobierno. Que la sociedad participe para que las
cosas sucedan. Y no esté a la expectativa de que el gobierno en turno
«salga bueno» o «salga malo». Esa ruleta rusa la hemos jugado demasiado
tiempo y nos ha ido muy mal.
Hasta ahora hemos vivido en una
democracia dirigida, cuyo contenido retórico pertenece a los partidos
políticos. Debemos convertirnos en ciudadanos de tiempo completo. Y para
lograrlo, tenemos que tomar la calle. Lo digo en sentido figurado. Esto
es: dar el paso a una sociedad con presencia pública por parte de los
gobernados.
Sin embargo, la delincuencia organizada
o desorganizada (lo mismo le da al que sufre un secuestro por banda «de
profesionales» que otro que es plagiado por «amateurs») tiene un
componente de inhibición a la gente de salir a la calle. El imperio del
mal es el imperio del miedo. Además de los cines, los teatros y los
comercios, es la organización ciudadana misma la que está sufriendo en sus
carnes el aluvión de actos criminales que a diario se posesionan de
nuestras calles y de nuestras casas.
Entre las muchas maneras que tenemos los
mexicanos de construir nuestro espacio democrático está la de oponer
resistencia a ese reino del miedo que pretende enseñorearse. Podemos pedir
con alta voz a las autoridades, y podrá haber más policías esgrimiendo su
tolete, pero nadie -ni el narcotráfico ni los secuestros «exprés»- podrán
con una ciudadanía en plena vinculación, en la lucha por hacer valer su
peso y su dimensión histórica.
La idea es la siguiente: una democracia
fuerte requiere de una sociedad fuerte. La inseguridad mina el principio
ciudadano de que la ciudad es de quien la vive (y no de quien la gobierna,
la cuida o la ultraja). Pero no es una fatalidad tipo «ya no hay nada que
hacer».
Al contrario. Hay todo por hacer.
Empezando por la participación de cada uno en iniciativas locales que
tiendan a la unión, al esfuerzo compartido, a la protección común y a la
defensa de la dignidad de las personas. Decirle al miedo «¡no pasarás!» y
no tanto porque tengamos fusiles AK-47 para detenerlo, sino porque hemos
sabido cavar el cimiento más firme del bien común: la unión a través de la
organización. Tomar la calle para civilizar al mundo. Echar, pues, los
cimientos de una civilización del amor, que nos protegerá a todos de los
golpes del miedo.
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