1. Piel de miel
Mikel
Agirregabiria Agirre
Seamos conscientes de la nuestra influencia sobre las personas con quienes
nos cruzamos en la vida.
Mientras desayunaba, he leído el sugestivo mensaje publicitario del frasco
de miel: “Para traerle a usted esta miel, las abejas han recogido el
néctar de cinco millones de flores y han volado 240,000 Km., lo que
equivale a dar seis veces la vuelta al mundo”. Me quedo un rato pensativo:
Una abeja obrera vuela a 20 Km/h revoloteando sus alas 11,400 veces por
segundo, consume una energía que le hace perder la tercera parte de su
peso, realiza unas 15 excursiones al día visitando en cada una más de 100
flores, y a lo largo de toda su vida —menor de 2 meses— produce solamente
la décima parte de una cucharada de miel. De repente, la tostada con
melaza de brezo de mi amigo Antxon parece que nos invita a la reflexión.
Pocas
veces somos conscientes de toda la historia de un objeto, o de todo el
pasado de cada persona con la que nos cruzamos. Ante una pirámide o una
catedral sí percibimos la voluntad de tantas vidas y de tantas
generaciones, pero el esfuerzo acumulado de quienes conviven con nosotros
pasa más desapercibido. El médico que nos atiende o la profesora que nos
enseña han debido recorrer un largo camino de preparación y experiencia
para orientarnos acertadamente con un atinado consejo.
Cada
uno de nosotros recibe constantemente el influjo de cientos de otros seres
humanos, vivos o muertos. Nuestras decisiones nos han construido como
somos, pero también y en gran medida nos han forjado nuestros
progenitores, nuestros maestros, nuestros vecinos, nuestros amigos,
nuestras lecturas, a veces escritas por autores de hace muchos siglos…
Advirtamos el poderoso efecto de nuestras actitudes y de cada uno de
nuestros actos cotidianos sobre otras personas en el futuro inmediato,
medio o remoto. En nuestras vidas insignificantes poseemos más
trascendencia de la que suponemos. Nosotros no perduraremos, pero sí
nuestros hijos y los frutos de nuestras obras. Hagamos el bien, diez o
cien veces al día, sembremos una mies de miel sin hiel, como esa fiel piel
de un ser querido que nos da la mano para caminar juntos hacia la
eternidad. Cada miel y cada piel contienen una larga historia detrás de su
dulzura.
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