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3. La epidemia especulativa

Víctor Corcoba Herrero

Necesitamos aliviarnos de don dinero, ese poderoso caballero que juega con nosotros a su antojo.

Lo del interés de Andrés sigue más capitalizado que nunca. Se ha impuesto la avidez del lucro, la especulación y el robo descarado. Todo reposa y se subordina a don dinero, hasta convertirnos en don nadie. Es como un imán que nos atrofia. Su inmanencia nos puede. Por contra, la gratuidad cada día se cotiza menos. Bajo esta atmósfera, resulta difícil armonizarse. O sea, donarse. Quererse. Con los odios entre manos, venganzas y resentimientos, zancadillas y coces, la dignidad humana vale menos que la calderilla. Lo que no produce ganancia, al baúl de la marginación. Todo huele a mercadería, a créditos y descréditos, a monigote de feria, a feriante sin escrúpulos, a servidumbres y parabienes, con tal de ser poseedor de don dinero. A la realidad me remito: se subsisten todos los embistes para poseer, posesivamente, antes que para vivir y habitar.

En las sociedades opulentas, don dinero siega las libertades, esclaviza. Hipotecamos la vida por cosas. Somos un caso. En otros mundos, los niños nacen endeudados hasta los dientes. Se mueren de hambre. Los nutridos pasan de los desnutridos. Somos así de carotas. La ambición financiera nos chupa toda la poesía que llevamos dentro. Afuera no se oye otra cuestión, que la del poder adquisitivo, eso da nivel, que es lo que vale en un clima de mediocres, sin estilo y sin lenguaje de alma. La mentalidad dominante de don dinero, es un ceremonial de guerras. Unas contiendas que las hacen los ricos pero que las pagan los pobres. En realidad el mundo libre no es tan libre. Tampoco el sumiso es tan rebelde. La epidemia de enfrentamientos rueda por doquier esquina. Son lidias interesadas. No importan los derechos. El negocio manda antes que lo ético. El enjambre de especuladores campea a sus anchas. Les importa un rábano el prójimo. En parte, el sistema capitalista en el que estamos inmersos, es el responsable de tantos egoísmos, desastres sociales y medioambientales.

Resulta difícil poner orden donde no hay justicia, promover estabilidades y crecimientos para todos, si no se pone freno a la cultura del lucro, tan extendida como admitida. Para la sanación de la epidemia especulativa, habrá que establecer serios controles y sensatos debates. Este mundo cada vez más globalizado, precisa de la austeridad para que la tarta llegue a todos. Esta España cada vez más dividida, precisa de la unión comprensiva de todos, para hermanarse en una digna calidad de vida, donde nadie quede excluido de vivir y dejar vivir. Hemos olvidado que la riqueza —como escribió Aristóteles— consiste mucho más en el disfrute que en la posesión.

El afán de poseer nos vuelve pobres de corazón, usureros de espíritu y traficantes de chismes. Ahí está la venta de vidas humanas. O los televisivos combates mediáticos. La comercialización de cuerpos para vicios ocultos. Necesitamos aliviarnos de don dinero, ese poderoso caballero que juega con nosotros a su antojo. Una buena inversión —nada especulativa— es familiarizarse con la escasez de cosas (de usar y tirar) y si hemos de nadar en la abundancia, que lo sea en un cumplimiento total de los principios rectores de la política social y económica, como puede ser: asegurar la protección de la familia, una mayor redistribución de la renta, amparo de la salud, asistencia y prestaciones sociales suficientes ante situaciones de necesidad, por citar algunas de las carencias, a pesar de tantos gabinetes, más insociales que sociales, más burocráticos que humanos. A lo mejor tendrían que pasarse por Cáritas más de un político, para ver la miseria que rueda por la piel de toro. De momento, lo de dinero invertido en todos, que a todos colma, porque repartido crece el amor como luna en mar creciente, es un sueño que en sueño queda.

 
 

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