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8. El “Día del Papa”

J. Antonio Doménech Corral

Una de las finalidades de la tradicional festividad del “Día del Papa”, que viene celebrándose cada 29 de junio, es conseguir de los católicos una generosa contribución al llamado “óbolo de San Pedro”. Para las innumerables obras de caridad personales que él mantiene en todo el mundo.

Con la festividad de los santos apóstoles que pusieron en marcha la Iglesia de Cristo –San Pedro en Jerusalén y el itinerante San Pablo “hasta en los confines de la tierra”– lo que celebramos los católicos es el llamado “Día del Papa”. El día del que ocupa el número 265 en la dinastía más antigua y anómala que subsiste de la historia, Juan Pablo II, y el número 3 en la duración de años de gobierno de la Iglesia. 26 años cumplirá el próximo octubre, correspondiendo el primer lugar a San Pedro con 35, el segundo a Pío IX con 31 y el cuarto a León XIII con 25. Y digo anómala, por ser la única en que la juventud resulta un obstáculo insalvable para acceder a ella. Al menos hasta ahora. Porque, los que salieron del cónclave elegidos Papa, fueron siempre cardenales cercanos a la vejez o en los umbrales de la ancianidad; ya que en su larga vida tenían acreditadas las virtudes deseadas en el futurible.

Pero, aparte las protocolarias recepciones de felicitación que ese día suelen tener lugar en todas las nunciaturas apostólicas del mundo y las plegarias por Su Santidad en todos los templos, una de las finalidades de la fiesta es que los fieles católicos contribuyamos al conocido por “óbolo de San Pedro”. Es decir, a reunir con la colecta de todas las Misas que se celebran el día 29 en las iglesias, una generosa cantidad de dinero que obsequiar al Papa para que pueda seguir atendiendo los más de 200 grandes proyectos personales de caridad que tiene emprendidos en todo el orbe, especialmente en el tercer mundo. Una hermosa tradición que se remonta a los inicios del cristianismo, cuando San Pablo organizó una colecta en todas las iglesias que había fundado en sus viajes, para socorrer y ayudar a la iglesia madre de Jerusalén como signo de unidad y comunión con ella. Aunque también hay quien sitúa el origen en Inglaterra, implantada en el 889 por el rey Alfredo de Wessex como un impuesto a favor de la Iglesia, hasta que fue abolido en 1534 por Enrique VIII al separarse de Roma. Y que todos los estados cristianos restablecieron temporalmente en 1848, para socorrer al Papa Pío IX exiliado en Gaeta, convirtiéndose entonces en la principal fuente de ingresos de la Santa Sede.

Porque, a pesar de que el Estado Vaticano es pequeño, los gastos del gobierno central de la Iglesia son proporcionalmente similares a los de cualquier nación moderna. Con sus diversos Ministerios (Dicasterios), Direcciones Generales (Congregaciones), Embajadas en numerosos países (Nunciaturas Apostólicas), más la necesaria carga del funcionariado eclesiástico y personal auxiliar. Sin embargo, luego que se resolvió la vieja “cuestión romana” en el famoso tratado de Letrán (1929) entre Pío XI y el Estado italiano, la compensación económica que viene recibiendo la Iglesia de Roma por los territorios que le fueron usurpados, más la preceptiva ayuda de todos los obispos diocesanos del mundo que estable el c. 1271 del Derecho Canónico, le permite al Papa poder destinar en la actualidad íntegramente este “óbolo” a sus importantes obras de caridad y ayudas por todo tipo de catástrofes.

Nuestra aportación es como contribuir al regalo que en el día de su fiesta se acostumbra hacer a las personas queridas. Y si es reconocido universalmente que Juan Pablo II es el personaje más apreciado y admirado por las gentes de todo credo y condición, cuánto más para nosotros los católicos que vemos en él al Vicario de Cristo en la tierra.

 
 

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