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10.
Mi pantalón de la suerte
Mikel
Agirregabiria Agirre
La
historia verídica de una prenda que fue el talismán para estudiar una
difícil carrera.
Aunque
no soy supersticioso, he de reconocer que debo mi licenciatura a una
prenda de vestir. En casa nunca nos faltó nada hasta la muerte prematura
de nuestra madre. Luego la dura ausencia del cariño maternal, se compensó
con los cuidados de nuestro padre y de una tía abuela. El dinero no
sobraba, y entre mis agridulces recuerdos infantiles siempre destacarán
unas indestructibles botas negras que calcé durante años, en invierno y en
verano, y un abrigo azul demasiado grande, heredado de algún pariente y
que siempre aborrecí con vehemencia.
Al
llegar a la universidad con ayuda de las becas, debimos hacernos
responsables de nuestro propio vestuario con pequeños trabajos de clases
particulares. Recuerdo que durante casi los tres primeros años de carrera
contaba únicamente con unos pantalones de color beige, que
mensualmente lavaba, planchaba y secaba en domingo. Aquellos pantalones
repetidos día a día me avergonzaban, y en mi aula prefería no pasearme, y
menos aún salir hasta la cafetería universitaria que nunca visité.
Para
que no se viesen mis viejos pantalones, me quedaba a repasar los apuntes
entre clase y clase. Llegaba pronto, me sentaba en mi sitio y nunca me
levantaba hasta concluir todo el horario. Descubrí que así era muy fácil
superar las asignaturas, con aquella labor constante e inmediata. Bastó
aquel hábito de ordenar y revisar los apuntes en los tiempos muertos para
concluir con el mejor expediente de la promoción la licenciatura en física
teórica, sin apenas estudiar fuera de la facultad. En casa me dedicaba a
leer incansablemente novelas prestadas por la biblioteca municipal de
Bidebarrieta, y mi única mesa de trabajo fue una liviana tabla de madera
colocada entre los brazos de una anticuada e incómoda silla.
Nuestros hijos y muchos de los jóvenes de hoy disponen de amplios cuartos
individuales, docenas de ropajes, libros y ordenadores por doquier. Pero
me queda la duda de si hemos sabido transmitirles debidamente aquel afán
por la lectura, aquella convicción presentida de que el único camino de
progreso y felicidad es el trabajo y el estudio a lo largo de la vida.
¿Dónde pueden encontrarse pantalones como aquellos, que no sientan bien,
que te sientan al banco del esfuerzo, pero que te catapultan hacia el
apasionante descubrimiento del sentido de una vida responsable,
comprometida y dedicada a la vocación y a la cultura?
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