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11.
Vencer Miedos
Víctor Corcoba Herrero
Hay
que serlo, para tirar por tierra las abundantes casas del horror del
mundo, donde se practica la tortura y el genocidio, la violencia y
violaciones, rudezas a mansalva puestas en escena al más cruel estilo
leonero.
Organismos, instituciones y movimientos internacionales, nos participan a
diario la comisión de gravísimas violaciones a los derechos humanos. Los
medios de comunicación también nos ofrecen buenas dosis de lamentos,
angustias y terror. Los juicios injustos y las torturas, cada día más a la
orden del día, nos sobrecogen y horrorizan. Ante esta ola de calvarios que
el mundo soporta, uno llega a pensar que tal vez sea mejor que le odien
con tal de que le teman. Puede que no sea fácil enarbolar la bandera en
favor de los débiles, pero tenemos que aprender a vencer el miedo. Hemos
de hacer frente al avispero de inseguridades. Nada es tanto de temer como
el temor.
Entre
tantos fuegos se necesitan muchas manos, cuantas más mejor, para extinguir
el océano de llamas que nos circunda y padecemos. De nada se ha de tener
tanto miedo como del miedo a no ser uno mismo. Corremos ese pavor, mal que
nos pese. Por eso, se precisa de toda ayuda que nos mantenga unidos y
fuertes en la protección a la vida, fuere donde fuere, donde habitase un
ser humano. Ante el estado de crueldad que vive el mundo, es un respiro a
la paz, que se reúnan e involucren dirigentes políticos, académicos,
intelectuales y movimientos sociales, como fomenta el Centro de
Convenciones Internacional de Barcelona. Es todo un ejemplo a seguir.
Más
que nunca, con toda urgencia, se necesita que impulsemos foros de
discusión para el intercambio de ideas. Sólo así podremos favorecer el
entendimiento mutuo, la tolerancia, la prevención de conflictos, o parar
las contiendas. En las guerras no hay vencedores, ni vencidos, sino
necedad cobarde para afrontar los problemas. El resultado siempre es el
mismo, una matanza entre personas que ni se conocen ellas mismas. Ante el
diluvio de atentados contra el género humano que se vienen produciendo,
donde ya nadie está seguro en ninguna parte del mundo, se precisa fomentar
la escucha entre Oriente y Occidente, en base a mucho diálogo, nada de
recelos, que conversar es una forma bella de versar la vida. O lo que es
lo mismo, una medicina para el corazón aletargado en el dolor.
Cualquier encuentro o motivo es saludable para avivar ideales de
convivencia, comprensión y tolerancia. Esa atmósfera comprensiva la pide a
gritos el mundo de hoy. Y para ello, es importante salvaguardar los
derechos más naturales, los inherentes a todo ser humano por el hecho de
serlo. Aquí el mundo no puede claudicar. Es una vara de medir
imprescindible en la vida, tanto para los culpables como para los
inocentes. La negación de juicios justos es la mayor de las injusticias,
una golfería macabra que se vuelve contra el sosiego. La lluvia torrencial
de abusos e hipocresías poco ayuda a que las tensiones dejen de estar
tensas. Una buena noticia para aflojar nerviosismos, es la patrocinada por
Amnistía Internacional, que se ha comprometido a reavivar y revitalizar la
concepción de los derechos humanos como un poderoso instrumento en la
consecución de cambios concretos. Esa es la línea a seguir, la del
acatamiento a unos principios básicos que nos permitan vivir los unos con
los otros. A veces el lobo no teme al perro pastor, sino su collar de
clavos. Esas claves de convivencia han de ser sagradas para todos, y como
tales, temidas y respetadas por todos.
Decía
Alonso de Ercilla que “el miedo es natural en el prudente, / y el saberlo
vencer es ser valiente”. Hay que serlo, para tirar por tierra las
abundantes casas del horror del mundo, donde se practica la tortura y el
genocidio, la violencia y violaciones, rudezas a mansalva puestas en
escena al más cruel estilo leonero. El desalentador panorama que nos
ofrece la tele, o que vivimos en primera persona, me ratifica en la
premura de actuar desde los derechos humanos, los que nos debieran educar
a todo el planetario. Debiera ser disciplina común en todos los estados y
naciones. Es bueno formarse en ellos e informarse sobre ellos. Alimentarse
de ellos y alentarse en ellos. Seguro que criados a la sombra de su
ejemplo, no haría falta tantos adiestramientos de ejércitos, ni tantas
guerras inútiles para mover al mundo hacia la concordia.
Retornando a los muros de la patria nuestra, que un militar se despida del
cargo hablando de mentiras, venganzas y deslealtades; que los políticos se
entrometan en los medios de comunicación dictando sus prioridades
informativas; que la justicia sea más lenta que un tren de vapor; que la
sanidad no tenga habitaciones ni camas suficientes para los enfermos; que
los padres no puedan elegir el tipo de educación que quieran para sus
hijos; es una retahíla de despropósitos que se dan para desgracia de
todos. Podríamos llenar cientos de periódicos con miles de abusos. Por
eso, digo una vez más, hay que vencer miedos, plantar cara y si es preciso
dar un puñetazo en la mesa de algún despacho, reclamando con firmeza los
incumplidos derechos y libertades constitucionales.
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