17. Desde un mundo secularizado
Carlos Díaz
Escribió Unamuno: "No concibo a un hombre culto sin la preocupación
religiosa, y espero muy poca cosa en el orden de la cultura de aquellos
que viven desinteresados del problema religioso". Sin embargo, hoy vivimos
en plena secularización: se ha perdido el valor socialmente reconocido a
los símbolos e instituciones de la religión, crece la ocupación en tareas
pragmáticas, desinteresándose del más allá, se separa la sociedad y la
cultura de las instituciones eclesiásticas, se reduce la religión a mera
antropología, se desacraliza la naturaleza, convertida en objeto de
dominio técnico, se pasa a una tradición elástica y móvil que no consagra
ningún principio, se privatiza la religión, confinada en la intimidad, se
la fragmenta en un pluralismo de creencias coexistentes. Para
conceptualizar este fenómeno se han propuesto otras imágenes: eclipse de
Dios, muerte de lo sagrado, crepúsculo de los dioses, desmitificación y
demistificación, cultura posreligiosa, etc.
En
ese ambiente, )será posible una Iglesia donde la identidad cristiana
arraigue con más fuerza y se denuncien con eficacia crítica las
limitaciones de un mundo sin religión, dando forma relevante a una
catequesis que facilite la comunicación del mensaje revelado?. Si así se
hace, la secularización habrá servido de purificación: se habrá superado
el pensamiento mítico-mágico y la interpretación individualista de la
salvación, Dios quedará liberado del casco de bombero de urgencia y del
cientifismo. En todo caso, una cosa sería la secularidad (convivencia
pacífica de creyentes e increyentes en un mundo plural) y otra inaceptable
el secularismo, pretensión de expulsar a los creyentes de la ciudad
secular plural.
Hay dos categorías
de gentes que no me hacen gracia: las que no buscan a Dios y las que se lo
han apropiado; en ambos casos, como declaraba María Zambrano, "hay la
manera especial de usar la palabra Dios como si fuera un pedrusco que le
tiraran a uno a la cabeza; ello viene de usar las palabras más bellas, más
esperanzadoras, más respetables, como si fueran pedruscos". Desde luego,
hoy hace falta ser muy mala gente para no ser revolucionario. )Cómo podría
Dios no impulsar a la revolución de las cosas, tal y como las cosas están,
empezando por el interior de cada uno de nosotros?. Ni bueno es sinónimo
de tonto (sinonimia que nunca oirás en labios de los buenos), ni la
teología convierte a la mala gente en buena; en todo caso, para mí
respirar y creer viene a ser lo mismo desde que sé que el Dios de Jesús es
patrimonio de la escoria de la humanidad. Ea, pues, creyentes de todos los
países, escoria de la humanidad, en el nombre de Jesús, unámonos: no sea
más ya nuestro nombre miedo o tristeza.
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