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11.
La integración social de los jóvenes
Felipe Santos
Para lograr una verdadera
integración de la juventud a la sociedad.
La
frontera como lugar donde se encuentran dos mundos, dos formas de entender
y vivir la vida, nos remite a otro perfil de la juventud actual: su grado
de integración y de responsabilidad en los asuntos y acontecimientos
actuales.
1.-
¿Autónomos o dependientes?
La
expresión está a la vuelta de la esquina, en boca de muchos adolescentes y
jóvenes: “Yo hago lo que quiero”... Dejando aparte lo que esta expresión
tiene de rabieta ocasional, autoafirmación o refuerzo de una identidad
todavía poco definida, sí refleja el deseo de distanciarse de una visión
heterónoma de la vida y de las influencias que implica todo proceso de
socialización.
Tradicionalmente se ha hablado de la emancipación los jóvenes en función
de la capacidad de tener recursos económicos propios, lo que les permitía
dejar el ámbito familiar. En una época posmoderna, los parámetros
económicos ya no determinan directamente el acceso al mundo adulto; viene
siendo una constante sociológica la permanencia de los hijos en casa
paterna aunque sean suficientes económicamente,
Por
ello, más que emancipación, habrá que hablar de autonomía: Cada vez los
jóvenes son más autónomos en el uso del propio tiempo, en el tipo concreto
de relaciones extra e intra familiares, en las costumbres y hábitos
cotidianos y, sobre todo en los modos de asumir y vincularse al ambiente
social. Una autonomía asociada a “a una frescura de espíritu, a la
búsqueda de lo inmediato y auténtico, a su cultura y estética propias, a
jugar con múltiples opciones de vida, reconciliando códigos e identidades
contradictorios, donde el joven es siempre protagonista.”
Y es
aquí donde tiene sentido preguntarse por el grado de esta autonomía, y más
cuando constatamos a diario las múltiples formas como la sociedad de la
información y del marketing utiliza a los jóvenes como “carne de cañón”, y
anestesia deseos profundos de la persona y suscita otros que “sirvan” a la
lógica del mercado.
2.-
¿Tolerantes o permisivos?
La
tolerancia se refiere a la aceptación de la pluralidad (del derecho a
ella) de opciones y opiniones de los otros; por eso implica un sistema de
criterios y convicciones personales, y en el fondo un sentido de vida, que
permite ser “yo mismo” y al mismo tiempo aceptar la persona del otro sin
prejuicios o a prioris; pero la tolerancia deja de ser un valor cuando
significa desentendimiento, inhibición e indiferencia por los otros, por
lo que hacen los demás, porque entonces ha ya perdido su dimensión moral y
cívica, identificándose con la permisividad o, en lenguaje popular,
“sálvese quien pueda”.
Los
jóvenes participan ciertamente del clima general del país de una mayor
tolerancia y descenso de posturas ideológicas y morales absolutas o
totalizadoras, en admitir a gente con ideas distintas y aun contrarias a
las propias, y el derecho a pensar diferente. Pero también muestran un
nivel preocupante de permisividad, del “todo vale”, consecuencia sin duda
del relajamiento o debilitamiento moral de nuestra sociedad.
Sobre
la tolerancia, por ejemplo, ante la pregunta de a quiénes no gustaría
tener como vecinos, los jóvenes resaltan las siguientes personas: miembros
de ETA (83%), neonazis y skin heads (67%), drogadictos (46%), gente dada a
la bebida (31%), homosexuales, personas con sida (8%), trabajadores
inmigrantes y gente de otra raza (4%), punkis y ocupas (22%), gitanos
(19%).
Llama
la atención la intolerancia ante los violentos, y el nivel de la
aceptación de los extranjeros en España, éstos tienen los mismo derechos
que los españoles (28%), frente a los que piensan que han de ser devueltos
a su país (3%).
En
cuanto a la permisividad se da un auge en el ámbito personal y privado,
justificando de mayor a menor porcentaje: el divorcio (64%), la eutanasia
(55,7%), el aborto (50%), las aventuras sexuales en la adolescencia (45%),
las aventuras extramatrimoniales (33%), el suicidio y la clonación de las
personas humanas (26,4%),
Pero
no crece en el ámbito de la moral cívica, donde se justifica de mayor a
menor grado; emborracharse (42%), mentir en el propio interés (40%), no
pagar el trasporte público (38%), hacer ruido la noche del fin de semana
(36%), tomar drogas (32%), la pena de muerte (27%), el soborno (22%),
causar destrozos en la calle( 17%) y el terrorismo (14%). (Tomadas de
Jóvenes Españoles 99).
¿QUÉ
HACER?
- Hay
que superar un género generalizado de indiferencia, a ir contra corriente
y educar en el valor de la solidaridad, contra la praxis de la competencia
exacerbada y del mero provecho individual.
-
Educar en el valor de la persona y su inviolabilidad por encima de los
bienes materiales y de toda organización, estimulando opciones personales
frente a los mecanismos más o menos solapados de manipulación.
-
Entender la compleja situación sociopolítica, a través de un estudio
serio, sistemático y documentado de la realidad del propio barrio, ciudad
y nación. Sobre las instituciones y modalidades de ejercer el poder
político y económico, y los modelos culturales que más influyen en los
jóvenes.
-
Poner a los jóvenes ante situaciones que piden solidaridad, tanto en
contextos de pobreza y exclusión para que crezcan en la conciencia de la
propia dignidad y se hagan responsables de su propio desarrollo, como en
contextos de bienestar, poniendo físicamente a los jóvenes en situaciones
concretas que reclaman solidaridad y ayuda.
-
Responder con proyectos concretos de solidaridad y actuación social no
sólo para los pobres sino con ellos, que ayuden a los jóvenes a superar
actitudes superficiales, faltas de conciencia social.
-
Encaminar a los jóvenes hacia el compromiso gradual y la participación en
la política, para ser fieles al compromiso de la Iglesia por la justicia y
la paz.
Por
estos caminos deben tender las tendencias y realidades para que los
jóvenes se sientan más insertos en la sociedad en todos sus ámbitos.
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