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12. 68, como yo
lo vi
Walter Turnbull
Los acontecimientos del 68 en
México fueron en realidad parte de una guerra mucho más grande.
Emocionante episodio el que
estamos viviendo. Un expresidente mexicano en peligro de ser sentenciado
por genocidio, tortura, privación ilegal de la libertad y otras linduras.
Seguramente sería un
precedente valioso: que los actuales y futuros presidentes sepan que la
impunidad y la inmunidad no son infinitas. Sería un triunfo para el estado
de derecho: que la ley prevalezca sobre el privilegio. Sería también una
gran satisfacción para el lado humano de muchos de nosotros (el apego
absoluto a la verdad objetiva, el perdón de las ofensas y el amor a los
enemigos son cosas que llevan tiempo, no cabe duda). Lo cierto es que, a
ojo de buen cubero, la situación del país después del sexenio de
Echeverría da toda la impresión de que el señor es culpable de algo, y
ciertamente hubo todas las situaciones de las que se le acusa: asesinato,
encarcelamiento ilegal, tortura...
Lo malo es que sólo se está
viendo una parte del problema, y sólo una parte sería solucionada. Siempre
hay que desconfiar de los juicios fáciles.
Estamos acostumbrados a ver
la historia (y los medios hacen su parte) como película de vaqueros: los
buenos contra los malos. Los buenos, los “estudiantes”; los malos, los
soldados. Los soldados mataron estudiantes que se manifestaban
pacíficamente.
Algo atinado han
hecho: llamarlo “la guerra sucia”. Ciertamente, no sólo fue una represión
contra una manifestación de inconformidad, sino una guerra. En aquel
entonces, el expansionismo militar e ideológico de la Unión Soviética
(llamarle socialista sería incorrecto) estaba en todo su apogeo. Por todos
lados había brotes que comenzaban con algo como un pleito entre
estudiantes y terminaban en un intento de adhesión al bloque soviético
(llamarle revolución también sería incorrecto). A mí me tocó ver al
principio camiones que decían “muera Cueto”, y al final camiones que
decían “muera Cristo”. Como dice magistralmente Nieves García
para “Mujer Nueva” en su artículo “Las tres revoluciones”: “es cierto que
las viven (los jóvenes las revoluciones), pero tristemente a veces sólo
como carne de cañón, como aquellos jóvenes del 68 de Tlatelolco
(México)... Ellos dieron la vida por una revolución que quizás antes
estuvo diseñada en papel, por mentes no tan jóvenes y no tan idealistas.”
Muy probablemente había el propósito de crear una Cuba en México, y los
EEUU definitivamente no lo iban a permitir. Temo que el conflicto no se
iba a parar haciendo concesiones y cambios democráticos.
Si la actuación de las
autoridades es definitivamente criminal, la actuación de los huelguistas
también es culpable. Entre las masas había muchos que iban sin saber para
quién trabajaban, y entre los líderes había más afán de catequesis
ideológica y protagonismo que de promoción humana. Varios de ellos después
ocuparon puestos en el gobierno y no se volvieron a acordar de la
sociedad; solamente perseveraron en el protagonismo y en la catequesis
ideológica. No sé si alguno de ellos tenía conciencia del peligro de sus
acciones o si vislumbraba alguna propuesta concreta y practicable.
Pero el verdadero culpable
es otro:
Esta no fue una guerra entre
autoridades y estudiantes, entre dictadura y anarquía, entre imperialismo
soviético e imperialismo gringo. A los ojos de la fe, fue una guerra entre
el mal, representado por el recurso a la violencia de ambas partes, por la
ambición imperialista, por la inconciencia borreguil de las masas, por la
soberbia de los líderes, por la falsedad de la doctrina ideológica; y el
bien, representado por el diálogo, el apego a la verdad y a la ley, la
búsqueda del bien de la humanidad, el respeto a la persona, la sinceridad,
la tolerancia... Fue, como todas, una guerra entre el vicio y la virtud.
Entre el demonio y la humanidad. Evidentemente, la guerra la perdió la
humanidad. El verdadero culpable es, como siempre, el pecado.
La solución en aquella
ocasión -y en nuestro momento actual-, sería incorporar a Cristo a la
dinámica social. O mejor, incorporar la sociedad a Cristo. Y he aquí que
en esta contienda, masones contra marxistas, en lo único que estaban de
acuerdo era en querer sacar a Cristo de la vida.
Si solamente condenamos a
Echeverría y a sus colaboradores, y cerramos el asunto, experimentaremos
un grato regocijo revanchista, pero, mientras no se le desenmascare, el
verdadero culpable seguirá libre y actuando. Seguirá triunfando el mal.
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