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13.
Principios implícitos
Walter Turnbull
Las “11 reglas de oro” contienen
mensajes implícitos que pueden ser muy importantes, especialmente para
los jóvenes, y que van de acuerdo con algunos principios cristianos.
Me
escribió una persona comentándome -acerca de las 11 reglas de oro de Bill
Gates- que Bill Gates no es necesariamente un hombre admirable. Si su
habilidad para los negocios y para la computación es sobresaliente, su
moralidad no pasa de ser estándar. Como botón de muestra, se dice que ha
apoyado campañas pro aborto.
Estoy
de acuerdo. Al recomendar “las 11 reglas de oro”, no pretendía poner al
Sr. Gates como ejemplo. Ciertamente su vida es sospechosa. La maldición de
Cristo contra los ricos (Lc. 6, 24) lo pone en una posición terriblemente
peligrosa. Aún así, sus 11 reglas de oro contienen mensajes implícitos que
pueden ser muy importantes, especialmente para los jóvenes, y que van de
acuerdo con algunos principios cristianos.
La
vida no es justa. Eso lo dice tal cual. Al menos no en este mundo. Los
cristianos creemos en la justicia porque creemos en Dios, creemos en su
juicio y creemos en la vida eterna, donde Dios pagará a cada uno según sus
obras. El hecho de que la vida en este mundo es injusta, de boca de un
hombre experto en la vida en este mundo, debe darnos serenidad ante la
injusticia y la convicción de que tiene que haber algo más. Este mundo,
siendo gran don, es un don pasajero, imperfecto, limitado.
La
vida tampoco es fácil. Tiene inconvenientes, desde pequeñas incomodidades
hasta terribles tragedias. Para unos más que para otros. Pero el hecho es
que -como dice San Pablo- si sólo para esta vida tenemos puestas nuestras
esperanzas, somos los más infelices de los hombres. Esta vida puede ser
feliz sólo en la medida en que tenemos esperanzas en la otra y nuestra
felicidad en Dios.
La
vida no es placer, la vida es trabajo. Cristianamente decimos que la vida
es servicio. Existen muchas frases poéticas sobre el tema. La opción a la
felicidad eterna (la gracia) es gratis; todo lo demás hay que trabajarlo.
Y para hacer válida esa opción a la vida eterna, también hay que trabajar.
El placer viene a veces, viene a ratos, y en muchos casos es hasta
peligroso. Salvo por el respeto que todos nos debemos unos a otros, las
cosas no se merecen, las cosas se ganan, y aún en ese caso, son dones de
Dios por los que habremos de dar cuentas algún día.
Pero
la que realmente me encanta es la regla 7: “Antes de que nacieras, tus
padres no eran tan aburridos como lo son ahora. Se volvieron así por tener
que pagar tus gastos, lavar tu ropa y tener que escuchar lo alivianado que
crees que eres...”
Hoy la
mayoría de los jóvenes, y muchísimos adultos, sienten que ser joven es una
virtud y que el divertirse es una habilidad que merece un reconocimiento
(la admiración), un premio (la felicidad), y un apoyo (el darles medios,
por un lado, y el no estorbarles, por el otro, para que ellos se diviertan
a sus anchas). Todo mundo se tiene que sacrificar para que ellos hagan uso
de ese merecido premio. Para ellos la diversión se la merece quien la sabe
apreciar y la busca. No se les ocurre que si alguien se puede divertir es
porque alguien está dispuesto a pagar; y en lugar de agradecer, desprecian
a aquel que trabaja, que se aburre y que se acaba por darles techo, ropa,
comida, escuela y diversión.
El
primer mandamiento relativo al hombre es: Honrarás a tu padre y madre. Y
tristemente, los jóvenes lo olvidan con mucha facilidad.
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