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14. ¿Dios ama al pecador?
Jesús Alfonso Nieves
Asúnsolo
La misericordia de Dios es
infinita y no hay pecado que prevalezca en ella ni que la limite.
Solamente el hombre se limita de ella por su falta de conversión.
Un
amigo me afirmó que Dios no ama al hombre que está en pecado,
contestándole que no es cierto, que sí lo ama y en esta columna presentaré
mis comentarios sobre esto:
Dios
ama, es justo y tiene misericordia a todos los hombres incluyendo al que
está en pecado, pues tanto el amor, la justicia y misericordia de Él son
atributos, es decir esenciales, por lo que no puede dejar de amar, de ser
justo y de ser misericordioso porque iría contra Su propia naturaleza. En
cambio el hombre puede y deja de amar, de ser justo y de ser
misericordioso, ya que esas son cualidades y no van contra su propia
naturaleza.
Dios nos ama no por una necesidad absoluta, sino que toda la
creación es obra de su amor y quiso comunicar por su bondad ese amor a una
realidad distinta de sí mismo, siendo el hombre la cumbre de su obra,
dándole libre albedrío, la libertad para su actuación, mismo que por su
libertad cayó en el engaño. Dios es justo, lo que quiere decir que
le da a cada cual lo que le corresponde de acuerdo a su actuación en
función a su libre albedrío. Dios es misericordioso, en cuya virtud
perdona los pecados y miserias de sus criaturas; es la benignidad de su
justicia.
Dios
como creador también se revela como Dios de la redención. Su amor es un
amor que no retrocede ante nada de lo que Él mismo exige: la justicia.
Amor más grande que todo lo creado, amor que es Él mismo, siempre
dispuesto a ir al encuentro del hijo pródigo. Esta revelación de amor es
definida también misericordia y que tiene en la historia del hombre una
forma y un nombre: Jesucristo (Cfr. RH No.9)
Este amor misericordioso de Dios es revelado por Jesucristo con mucha
ternura y sensibilidad en la parábola del hijo pródigo, donde presenta a
Dios como un padre que ama a sus hijos, donde el padre empieza a buscar al
hijo perdido a través del recuerdo que el mismo hijo inspira; busca
al hijo antes de que éste empiece a retornar. Esta parábola no sólo
justifica la amorosa consideración que Jesucristo dedica a los
“pecadores”, no nada más a los de conducta inmoral, sino también a los
demasiado pobres; a los que necesitan el perdón. Juan Pablo II nos dice
que el misterio de la piedad de Dios hacia nosotros es capaz de penetrar
hasta las raíces más escondidas de nuestra iniquidad, para suscitar en el
alma un movimiento de conversión, redimirla e impulsarla hacia la
reconciliación (RP No.20).
San
pablo nos dice “... mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo,
siendo nosotros todavía pecadores murió por nosotros”(Rom 5,8). Y San Juan
afirma que Dios nos ama siempre: “Así se manifestó el amor de Dios entre
nosotros: que Él nos amó primero y envió a su Hijo como víctima por
nuestros pecados; en esto está el amor”(1Jn 4,10). Tengamos en cuenta de
que cuánto Dios tiene misericordia del ser humano es que hace justicia al
sacrificio de su Hijo, pues “¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos
del Creador si ha merecido tan gran redentor!”(RH No.10)
La
misericordia de Dios es infinita y no hay pecado que prevalezca en ella ni
que la limite. Solamente el hombre se limita de ella por su falta de
conversión, que consiste que a pesar de la justicia de Dios por la que el
hombre recibiría lo que se merece, es paciente y benigna, fiel hasta las
últimas consecuencias (Cfr. MD No13). Pero como dice Pablo VI en su
“Solemne profesión de fe”: “... a cada uno sobre los propios méritos: los
que hayan respondido al amor y a la piedad de Dios irán a la vida eterna,
pero los que la hayan rechazado hasta el final serán destinados al fuego
que nunca cesará”(No12).
Juan
Pablo II nos dice: “cuando nos damos cuenta de que el amor que Dios tiene,
no se echa atrás ante nuestras ofensas, sino que se hace más solícito y
generoso; cuando somos conscientes de que este amor a llegado incluso a
causar la pasión y la muerte del Verbo hecho carne, que ha aceptado
redimirnos pagando con su Sangre, entonces prorrumpimos en un acto de
reconocimiento: ‘El Señor es rico en misericordia’ y decimos asimismo: ‘El
Señor es misericordia’. El misterio de la piedad es el camino abierto por
la misericordia divina a la reconciliación”(RP No21)
Por lo tanto afirmo que Dios ama a todos los hombres incluso al que está
en pecado, porque a pesar del rompimiento del hombre, Dios permanece fiel
al amor, pero con esto no quiero decir que el hombre en pecado puede
llegar a recibir los beneficios del amor de Dios que es la salvación.
Existe una condicionante en el hombre para la intimidad con Dios y es que
se haga su voluntad, misma que no es una imposición divina, pero, el que
está en pecado no lo puede lograr porque ha hecho una ruptura con Él, por
lo tanto no ama a Dios. El pecador para salvarse requiere de su
conversión, fruto del encuentro con Dios, desraizando el pecado y
pidiéndole perdón, porque el mal no puede estar con el Bien.
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