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15. Los dioses del éxito
Víctor Corcoba Herrero
Uno de los grandes absurdos
actuales, intentar hacer de la vida una victoria, con los espolones de
un gallo de pelea, sin importar el brote de víctimas que se crucen en el
camino.
De un
tiempo a esta parte, me preocupa la ordinariez de los dioses del éxito.
Nos creemos el ombligo del mundo, las personas más maravillosas y el árbol
más frondoso, en una arboleda más desacertada que acertada. Considero que
es uno de los grandes absurdos actuales, intentar hacer de la vida una
victoria, con los espolones de un gallo de pelea, sin importar el brote de
víctimas que se crucen en el camino. Hacer de las victorias un trajín de
superioridades, empequeñece y atrofia. Queremos triunfar, algunas veces
sin merecerlo, para escalar posesiones. La selva de trepas es para
temerle. El afán posesivo es su enfermedad. Les afana el logro de alcanzar
muchas cosas, aunque para ello tengan que tragar con ruedas de molino,
sapos como castillos. Les puede la hambruna de bienes, epidemia que
acrecienta el mercado de vidas humanas, siendo la nueva esclavitud que nos
ronda y rueda. Bajo este panorama desolador, la tortura llega antes que la
felicidad, porque en realidad el goce no está en tenerlo todo o en hacer
siempre lo que se quiere, sino en querer siempre lo que se hace o en tener
lo necesario.
Los
éxitos actuales encierran pocos aciertos, más bien un montón de
desaciertos, calvarios, salidas de tono y entradas de soberbios y
violentos al campo de los días, que prosperan sin importarles los que
fracasan por causa de sus formas, de su manera de jugar sucio, sin
escrúpulo alguno, con una cara impresionante y un corazón de cemento. Sus
atropellos y tropelías, están a la orden de día, instigan batallas con tal
de llevarse loncha. Las moñas de dominios son malos hábitos. Ahí tienen
esas mayorías absolutas en política, donde prolifera la notoriedad para el
personal del partido de turno, en vez del interés por el bien social de
toda la ciudadanía, sea del bando que sea. En ocasiones, los dimes y
diretes son de una rudeza tan animal que roza lo irracional. Más de un
político es tan burro que merecería volver a la escuela y doctorarse en
ser más humano y caballero. Lo de señor ha perdido su verdadero
significado.
Por
contra, se han olvidado otros éxitos, como el de la honradez, la
laboriosidad, la prudencia o la entrega incondicional de servicio a los
demás. Tanto las universidades como las instituciones culturales, o los
propios servidores de lo público, creo que tienen más que nunca la gran
responsabilidad de formar el pensamiento y la cultura por medio de la
llamada incesante a la búsqueda de lo verdadero. Ya me dirán el ejemplo
que dan esos políticos que se acusan de mentirosos unos y otros, que
hablan por hablar o que por llevar la contraria dicen que los asnos
vuelan. Desde luego, para tener éxito hoy sobra el talento, sólo hace
falta echarle cinismo, descaro, desvergüenza, desfachatez, y tantos otros
aditamentos de frescura, clima que resulta desgarradamente bochornoso. Los
enganchados a la aureola del cuento como forma de vida, reavivan como
cucarachas, un ciento hace mil a la noche siguiente. Por ello, pienso que
ha llegado el tiempo de la acción, del entusiasmo, para hacer que la
verdad impregne el mayor de los éxitos que está por conseguir, el de la
autenticidad perdida, el de la belleza olvidada o el del ingenio relegado.
A
pesar de tantos lavados triunfales, o conquistas ganadas, la sociedad se
ha vuelto más irrespirable que nunca. Aquí, entre tanto vividor cuyo éxito
se supedita a poseer a don dinero como compañero de viaje, la zancadilla
se comete con más frecuencia que en un campo de fútbol. En consecuencia,
sólo hay que mirar para ver, que al paso que la legión de fracasados
aumenta, el peso de torpezas diluvia. Lo que no entiendo es que los éxitos
verdaderos, los ganados a pulso, con tesón y sin trampas, pasen
desapercibidos. Es el caso de esos héroes anónimos que gastan su tiempo en
ayudar a los que nada tienen. O la de aquellos, que hacen de sus
vacaciones, un tiempo de solidaridad hacia los que nadie les tiende una
mano. Esos sí que han ganado, para sí y para todos, el mayor de los
laureles, la satisfacción de arrimar el hombro, para que el mundo cambie a
mejor.
El
afán de superación, tanto en humanidad como en tolerancia, es lo que
debiera potenciarse. Aprovechando la ocasión que nos depara el turismo,
bien pudiéramos reparar entuertos, para entenderse y comprenderse en la
diferencia. Por desgracia, tampoco podemos hablar de una sociedad de
conquistas, porque realmente la pobreza sigue presente en cualquier
esquina. Esos dioses del éxito, que tanto nos deslumbran, apenas valen
nada. Prefiero la compañía de los marginados que se concentran en núcleos
urbanos principalmente, aunque tengan mala prensa. Suelen tener mejor
corazón que los triunfadores, salvo aquellos enganchados a vicios y
drogas, que ya no son ellos, para dolor de todos.
Desde
luego, nos hacen falta otros éxitos, que nos dejen ver los horizontes
claros. Ahora confundimos la uniformidad con la diversidad y bautizamos el
éxito con el símil del dinero. Lo refrenda el dicho: todo lo que no
produce, nada interesa. Cautiva ser un dios que todo lo sabe y maneja,
cuando la duda lleva al examen y el examen a la verdad. Claro, luego pasa
lo que pasa, que raramente el éxito tiene correspondencia con el mérito.
Así el ambiente, tan creído como cretino y tan altanero como borrego,
descontrola a cualquiera. Se hace necesario, pues, que cada servidor pueda
medir sus propias energías, que no se las midan, porque ha de hallarse en
su identidad. Olvidamos que el equilibrio interior es la mayor de las
ganancias, que lo gana cada cual con sus cada cuales, y que es un éxito de
amor seguro, porque quererse uno mismo es lo primero, para querer a los
demás.
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