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16.
La humildad
P. Fernando Pascual
¿Está de moda la humildad? Quizá
deberíamos preguntarnos: ¿lo ha estado alguna vez?
Es
cierto que el siglo XX ha habido pensadores que se dedicaron a levantar la
tela que cubría mil miserias humanas. Nos han dicho que somos un casual y
no muy perfecto producto de la evolución, un puntito en el universo, muy
débiles ante la acción de virus y bacterias microscópicas, llenos de
cobardía y de complejos, con una fuerte tendencia a la traición e
incapaces de respetar nuestras promesas.
A
pesar del trabajo demoledor y crítico de psicoanalistas, sociólogos y
antropólogos, en todos los seres humanos se esconden restos de orgullo, de
vanidad, de egoísmo. Tendríamos que reconocer que muchos pensadores
dedicados a desenmascarar lo más bajo del hombre estaban llenos de esa
soberbia que querían destruir en los demás, porque creían saber más,
porque se sentían superiores respecto de sus pacientes, de las pobres
personas psicópatas y enfermos...
Cada
uno podemos mirarnos el corazón y preguntar: ¿soy humilde? ¿Reconozco mis
debilidades, mis flaquezas, mis fracasos? A la vez, ¿soy capaz de ver los
puntos positivos, las cualidades, los gestos de amor y de entrega con los
que a veces quiero mejorar mi vida y la vida de los que viven a mi lado?
Es
cierto que algunos proyectos educativos no promueven la humildad. Piden un
esfuerzo por ser mejores, por ser superiores, por destacar por encima de
los otros. A veces incluso quienes piensan llevar una profunda vida
cristiana se sienten superiores a los demás, desprecian a quien no va a
misa, se divorcia o se deja arrastrar por el amor al dinero.
Un
sano espíritu de superación es siempre útil. Pero caemos en pequeños o
grandes estados de soberbia cuando todo lo buscamos para ponernos por
encima de los demás, para sentirnos superiores por haber conquistado metas
que, pensamos a veces con demasiada presunción, muchos otros ni siquiera
han pretendido para sus vidas.
Hay
que redescubrir y defender el valor de la verdadera humildad, su sentido
profundamente cristiano. La humildad nos pone delante de Dios. Desde su
mirada somos capaces de ver nuestra vida de modo distinto, pleno,
verdadero. Descubriremos mucho barro, mucha debilidad, mucho pecado. A la
vez, nos daremos cuenta de que Dios no condena ni desprecia, sino que
acepta y acoge a todos los hijos que, con un corazón contrito y humilde,
piden perdón y confiesan sus faltas con sinceridad y con amor.
Dios
nos llama a la humildad, a vivir con sencillez nuestra riqueza y nuestro
barro, a acoger a todos, a ser buenos, a dar gracias por sus dones y a
pedir, a veces desde lo más profundo del pecado, que nos perdone, que nos
levante, que nos acoja como hijos pródigos. Quien es humilde sabrá rezar
con sencillez, mirará a todos con ojos buenos: los que viven a nuestro
lado también tienen barro mezclado con una llama divina.
Todos
estamos invitados a caminar, desde los éxitos y los fracasos de cada día,
hacia el Dios Padre de todos. Un Dios que se hizo Hombre humilde, un
sencillo carpintero, que no condenó, sino que ofreció, a quien se acercaba
al Maestro, un gesto de respeto, de cariño, de salvación profunda.
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