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20. La responsabilidad por
el otro
Carlos Díaz
La responsabilidad es lo que me
incumbe y lo que humanamente no puedo rechazar. Yo no soy
intercambiable, soy yo en la sola medida en que soy responsable.
La responsabilidad no es la indiferencia del abúlico desinterés, sino muy
al contrario la acogida amable, solícita, la pregunta por el hermano,
donde la pregunta quiere ser respuesta, y la respuesta responsabilidad; es
la palabra que nos viene del tú en quien creemos la que nos asegura la
existencia: se trata de decir la identidad misma del yo humano a partir de
la responsabilidad, es decir, a partir de esa posición o de esa deposición
del yo soberano en la conciencia de sí, deposición que, precisamente, es
su responsabilidad para con el otro. La responsabilidad es lo que me
incumbe y lo que humanamente no puedo rechazar. Esa carga constituye una
suprema dignidad del único. Yo no soy intercambiable, soy yo en la sola
medida en que soy responsable. Yo puedo sustituir a todos, pero nadie
puede sustituirme a mí. Tal es mi identidad inalienable de sujeto. En ese
sentido preciso es en el que Dostoievski dice: “Todos somos responsables
de todo y de todos ante todos, y yo más que todos los otros”.
Entonces los derechos de los demás son derechos de ellos sobre mí, y mis
derechos son deberes hacia ellos en activa respuesta esponsal al
uno-para-el-otro, si tenemos en cuenta que tanto los términos “respuesta”
y “esposo/a” vienen de spondeo: responder, co-responder, co-responsabilizarse.
Y, cuando llega el día, el último responso será la hora definitiva,
pues sólo al final del trayecto llega la postrera respuesta al nombre del
hombre. “Dime abiertamente, te invito a hacerlo: imagínate que tú mismo
debes erigir el edificio de los destinos humanos con el objetivo final de
hacer felices a los hombres, de darles, por fin, la paz y la tranquilidad,
mas para ello es necesario e inevitable atormentar aunque sólo sea a la
más humilde criatura, a esa misma niña que se pegaba con su puñito en el
pecho, y, sobre los cimientos de esas lágrimas no vengadas, levantar ese
edificio; dime “aceptarías ser el arquitecto en esas condiciones? “Dilo y
no mientas! -No, no lo aceptaría, articuló en voz baja Aliosha. -”Y puedes
admitir la idea de que los hombres para los cuales habrías de construir
consintiesen en aceptar su felicidad a cambio de la sangre injustificada
de una criatura torturada y que, habiéndola aceptado, serían felices para
siempre? -No, no puedo admitirlo” (Dostoyevsky, Los Hermanos Karamazov).
Sin
embargo, pocas cosas habrán mantenido su esencia tan inalterada en el
tiempo como las violaciones y los atentados contra la dignidad humana.
Ciertamente instrumentos e ingenios de tortura y de muerte no han faltado:
desde el potro o el aplastacabezas hasta las descargas eléctricas o la
administración de sicofármacos que alteran el dominio del cuerpo va una
serie de novedades históricas -aquí cuesta decir avances o progresos- y un
mismo siniestro hilo de ignominia que aún no se ha roto, ni mucho menos.
Pero tampoco hacen falta demasiados instrumentos materiales para tan
macabro fin, basta con utilizar como instrumentos a las personas: torturar
a los familiares más próximos en presencia del detenido, o forzar a las
víctimas a que tomen parte en la tortura de sus propios familiares.
Mas
cuanto ofende la dignidad humana perjudica a la civilización. Todos los
humanos aspiran a ser tratado como tales (¡trátame como a un ser humano!).
Hay en toda persona más cosas dignas de admiración que de desprecio,
aunque a veces no lo parezca: las hay, al menos porque puede llegar a
haberlas, siendo nuestra misión la de madrugar para descubrirlas; así
pues, cuando te cueste trabajo despertar, recuerda: me despierto para
llevar a cabo mi tarea de ser persona y de sentir que, colocando la
primera piedra, se contribuye a construir el mundo. Las personas existimos
unas por otras, así que instrúyelas, o sopórtalas: la sabiduría deja de
ser sabiduría cuando es demasiado orgullosa para llorar, demasiado grave
para reír y demasiado llena de sí misma para buscar a los demás.
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