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22. Se equivocó la paloma
(mirando al norte sin rencor)
Antonio Gómez
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La verdadera desesperanza no nace ante una
obstinada adversidad, ni en el agotamiento de una lucha
desigual. Proviene de que no se perciben mas las razones
para luchar e, incluso, de que no se sepa si hay que luchar.
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Albert Camus.
Una
paloma negra, rotas sus alas, yacía sobre una playa de Algeciras. Me
impresionó tanto aquella escena, aquella trágica situación, que por la
noche soñé con la paloma herida. Por eso, lo que os relato ahora no se si
es lo que vi o lo que soñé.
Gritos, gente corriendo, sirenas lanzando al aire sus gemidos. Había
miedo, mucho miedo en cada rostro de la veintena de personas que
permanecían “tiradas” sobre la playa. La paloma negra se acordó de su
madre y de Dios. ¿Dónde estaban ambos?.
¿Dónde estás, Dios? Tú, me dicen, estás de parte de la justicia, del que
tiene hambre y sed. ¿Pero dónde estás ahora? ¿Es que mis ropas andrajosas
impiden tu presencia? ¿Mi hambre cuestiona tu justicia? ¿Es que el amor se
ha convertido en resignación? ¡Dios, no te conviertas en mi padrastro y en
padre de los injustos! Pero perdona; ¿Quién soy yo para que te ocupes de
mí? Pero qué hacer con mi miedo, miedo que me produce temblor en todo
mi cuerpo: temblor como de árbol cuando el aire viene de abajo y entra en
él por las raíces y no mueve las hojas, ni se le ve. El viento que
sopla de la playa apaga su elocuente lamento. Dios no
responde, nadie responde.
Madre,
me voy al Norte. No puedo más, las cosechas se han perdido, el hambre
acabará con nosotras. Allí hay blancos ricos, les sobra la comida. Tiran
la ropa todavía nueva, sobran los juguetes; ¡Se divierten! Van de
vacaciones. ¡Todos tienen teléfono que siempre llevan consigo, se hablan
continuamente entre ellos comunicándose sus alegrías! ¡Son ricos, madre!
Nosotras no tenemos nada. Por no tener no tenemos ni donde caernos
muertas. ¡Mis hijos, madre, están por la calle muertos de hambre. No
pueden salir de noche porque los secuestran y los venden como esclavos, o
los asesinan. ¡Esto no es vida, madre!. Me marcho, madre, no aguanto más.
¿Pero
y tus hijos, qué vas a hacer con ellos?, son tuyos, los has parido tú, son
tu sangre. Te quieres marchar para buscar tu felicidad, sólo la tuya, pero
la felicidad primera es ser útil y hacer felices a los demás. Tus hijos
son lo primero. Son tu sangre.
¿Mi
sangre, madre? Sólo son el producto de un rato de satisfacción para un
desgraciao que se vació encima de mí como si yo fuese una vaca. Madre, mis
hijos casi no me conocen, pasan hambre, son pobres remataos y morirán
antes de saber leer y escribir. Sí, madre, el SIDA los devorará poco a
poco. ¡Esto es una mierda, madre!.
¡Tú sí
que eres una mierda, desgraciá, puta, más que puta, eres peor que una
hiena!
Madre,
no diga eso. ¿Quién me enseñó a calentá a los hombres y sacarles el
dinero? Usted, na más que usted. Me obligaba a traer dinero a casa todas
las noches y nunca preguntaba de dónde lo había sacao. No sea cruel,
madre, sólo quiero marcharme para traer dinero para usted y los críos. En
el norte lo conseguiré, madre, después vendrá usted y los críos. Le
mandaré dinero, un coche vendrá por usted, madre. Un chofer con gorra y to,
madre. Ya la estoy viendo a usted montá en el coche con los hijos,
cantando de placer y camino del norte. Madre, ponga la mano derecha hacia
el sol y enfrente tendrá el norte. Todas las mañanas yo miraré al sur y
usted al norte y nuestras miradas se encontrarán por encima de las
acacias, del cuello de las jirafas y de las nieves del Kilimanharo. ¡Hay
que soñar, madre! O sueño o me mato, madre. No puedo más. El alma se me
escapa del cuerpo y ya ni Dios me escucha. Me marcho, madre, y si no
vuelvo, que mi alma se la coma el diablo.
Y la
chica negra miraba al hombre de verde que la atendía, pero no lo veía, su
mirada ausente estaba en Africa, en su madre y en sus hijos, en el sur. El
ser útil a los demás, esa es la felicidad, le había dicho su madre. ¿Pero
qué podía hacer ella por los demás? ¡Solo compartir miseria! ¿Pero, y
ella, no tenía derecho a la felicidad? Parece que no. ¿Amigo, usted
también busca la felicidad? Le hubiese preguntado al hombre de verde, pero
el pistolón que colgaba de su cintura la atemorizaba. El sufrimiento, la
angustia, la soledad y la muerte, forman parte del juego de la vida. Los
conozco y me conocen, no me abandonan. Pero ya que no parece posible huir
de este destino, quiero aprender a soportarlo.
En el
norte está el progreso, nos decían. ¿Pero qué es el progreso?, decía
madre. El progreso es una mentira que se han inventado los ricos, un
ídolo, un fetiche al que quieren que adoremos para que no nos demos cuenta
de nuestra situación.
No,
madre, el progreso existe. El progreso es poder comer por lo menos una vez
al día, mirar a tus hijos y pensar que el día de mañana te mirarán sin
rencor. Saber que hoy sí comerán, que mañana podrán ir a la
escuela............. Aquí lo primero que aprendemos es a tener hambre, es
nuestra primera experiencia. Tener hambre, oír a los críos pedir pan y no
poder dárselo. La primera experiencia que tú, yo y mis hijos hemos tenido
aquí, madre, ha sido el hambre, a sentir el ruido de nuestras tripas
gruñendo como los gatos hambrientos. ¡Sí, madre, el progreso existe! Yo
voy a buscarlo. Yo no quiero pensar que nací en mala luna. Es verdad que
tengo la pena de una sola pena, la miseria, y que a veces, no se por qué
ni cómo me perdono la vida cada día.
Pero
la pobre mujer de ébano, la triste paloma negra, no encontró el progreso.
El progreso se había esfumado. Metida en un furgón, junto a varios
compañeros de “viaje”, fue deportada al sur a los pocos días.
Madre,
estoy aquí, soy yo, su hija, ¿No me reconoce? Soy su hija que viene del
norte.
¡Tú mi
hija! Yo ya no tengo hija, no te reconozco. Una hija que tenía me abandonó
a mí y a sus hijos y se marchó en busca del progreso. ¡Yo ya no tengo
hija, solo dolor y soledad!.
¡Madre, no diga eso, soy su hija, he vuelto! Quiero ver a mis hijos.
Pero la madre cerró la puerta de su chabola. Alejándose llegó hasta la
pobre cocina. Unas gruesas lágrimas, como goteras, le caían por su
arrugado rostro. No tuvo valor para decirle a su hija que sus hijos habían
muerto. Asesinados a tiros por los revolucionarios de turno. La pobre
vieja apenas pudo llegar y dejarse caer sobre el jergón de perfollas
de maíz, completamente agotada. ¡Dios, llévame! Yo, ya no puedo con esta
carga, y mirando al cielo suspiró. Nunca supe si fue su último suspiro,
pero seguro que ella así lo hubiese deseado.
Una cancioncilla se escuchaba en un transistor cercano: Se equivocó la
paloma./ Se equivocaba.
Por
ir al norte fue al sur./ Creyó que el trigo era agua, se equivocaba.
Creyó que el mar era cielo; que la noche, la mañana. Se
equivocaba.........
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