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23.
Felicidad fácil
Walter Turnbull
Temo que para llegar al cielo es
mejor irnos -por supuesto que me incluyo- librando del apego a estos
placeres que nos encadena a la tierra.
Dejando a un lado
filosofías, antropologías y religiones, si nos aplicáramos a precisar por
simple observación cuáles son las fuentes de mayor felicidad para el
hombre común, llegaríamos a la conclusión de que son básicamente tres:
La primera es comer y beber.
Pocas satisfacciones hay tan grandes como una comida o una bebida sabrosa.
Todo lo cerramos con una ingestión: la boda, el negocio, la cita de amor,
el descanso en la oficina, la graduación, la reunión de amigos... Pídale a
un hombre (o mujer) que practique la castidad o la humildad y tal vez lo
logre, pero pídale que practique la frugalidad y le pronostico un fracaso.
La segunda es ligar. Ni
siquiera hablo de sexo. Hablo del acercamiento, del derribar barreras, de
la competencia, de la apropiación, de la conquista. Ligar es al ego lo que
la comida al cuerpo. Nos da la sensación de ser hábiles, de ser
competentes, de ser admirados, deseados, triunfadores, conquistadores. El
sexo es sólo el pretexto; una vez conseguida la presea, el donjuán la
desprecia para lanzarse a otra conquista. Películas de Walt Disney lo
mismo que para adultos, o para adolescentes o de terror o de acción, o
series televisivas o canciones... el mensaje es el mismo: nacimos para
ligar y nuestra alma no descansará mientras no liguemos. Solteros, vivimos
sólo para ligar; y con novia o casados queremos seguir ligando.
La tercera es el mal del
prójimo. La crítica hiriente o, si las condiciones lo permiten, la burla.
La gente criticona es la más divertida, decía un tío mío, no muy
caritativo pero sí muy observador. Pocas cosas nos causan tanta alegría
como el ridículo ajeno, el defecto, el tropezón, el desatino, el
fracaso... Tal vez nos hace sentir superiores, tal vez nos ayuda a
minimizar las propias miserias.
Felicidad obvia,
aparentemente al alcance de todos. ¿Quién no lo ha experimentado alguna
vez? La saciedad del instinto primitivo. Felicidad barata para el espíritu
pobre. Demasiado fácil para ser cierta, diría yo.
Y es que, por alguna extraña
razón, Dios parece no aprobar estos medios de gratificación. Al menos no
los aprueba como único fin, sin ninguna medida y por toda la vida. El
Reino de Dios parece ser otra cosa.
El Reino de los
Cielos no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu
Santo (Rm. 14, 17); es afabilidad y dominio de sí (Ga. 6, 22);
es saber controlar la lengua (St. 3), es amor sin fingimiento, que cada
uno de nosotros trate de agradar a su prójimo; es servicio, es trabajo, es
sacrificio.
El camino más fácil en
este caso no es el más recomendable. Entren por la entrada estrecha,
porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición
y son muchos los que entran por ella; mas, ¡qué estrecha es la entrada y
qué angosto el camino que lleva a la vida!, y pocos son los que lo
encuentran (Mt. 7, 13).
Temo que para llegar
al cielo es mejor irnos -por supuesto que me incluyo- librando del apego a
estos placeres que nos encadena a la tierra. Renunciar al gozo fácil, a lo
cómodo, a lo obvio. Renunciar a la felicidad barata. Las cosas que valen
se obtienen con esfuerzo, con destreza y con cariño. El cielo es para los
que vuelan alto. Algún día tendremos que tomar una opción: las cosas del
cielo o las cosas de la tierra. Por alguna otra extraña razón no se puede
tener las dos. Todo para mí es pérdida ante la sublimidad del
conocimiento de Cristo, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por
basura para ganar a Cristo y encontrarme con Él (Flp. 3, 8).
Cristo tiene palabras de
vida eterna, nos invita a cumbres infinitas, ciertamente más difíciles,
pero también más plenas.
Aspiren a las cosas
de arriba -dice San Pablo-, no las de la tierra. Busquen las cosas
de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios (Col. 3, 1).
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