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25. Peleados con el agua

Jaime Septién

Seguimos estando peleados con el agua, como si fuera nuestra enemiga, cuando se trata del líquido vital.

Cuando el barón Von Humboldt terminó de hacer su recorrido por México, a principios del siglo XlX, escribió (o dijo, no lo sé) una frase muy cierta: «los mexicanos están peleados con el agua».

En el tiempo que recorrió la vasta geografía de la entonces Nueva España no había encontrado obras que denotaran la señal de que en nuestro país estuviéramos previendo el futuro.

Doscientos años más tarde, el futuro ya llegó. Y seguimos tan pasmados (o tan indiferentes) como en los tiempos del barón. Las obras se han dejado para el sexenio siguiente. O para el milenio siguiente, según la capacidad «visionaria» del político en turno. Nadie capta el agua de lluvia. Hay leyes que impiden que el agua que cae en un sitio se infiltre en ese sitio. En fin, un desastre.

Seguimos estando peleados con el agua, como si fuera nuestra enemiga, cuando se trata del líquido vital. Y no se vislumbra en el panorama algún «apóstol» que haga por ella algo más que declaraciones altisonantes. En fecha reciente el Senado de la República fue apercibido por los especialistas en el sentido de que los mexicanos, sobre todo los del centro y norte del país, estamos bebiendo aguas «fósiles» de más de diez mil años de antigüedad, lo que nos está causando serias enfermedades por concentración de arsénico, flúor y sodio. Estamos, pues, siendo abastecidos en nuestros hogares con agua «vieja», y enfrentamos un déficit brutal de agua «joven», que es la que nos conviene consumir. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Muy sencillo: por imprevisión, por torpeza y por aplicación de políticas muy populares pero muy ineficientes. Por ejemplo: que el agua que cae en un estado no la puede retener ese estado -no obstante se esté muriendo de sed- porque tiene que alimentar un lago a 400 kilómetros de distancia. Resultado: que el estado se queda sin agua y que el agua nunca llegó al dichoso lago.

Sé que estoy simplificando las cosas. Pero en el fondo es así: buenas intenciones, mala política. Ahora nos hemos visto en la necesidad de buscar agua en lo más profundo de la tierra. Por eso nos salen aguas «fósiles». El agua «joven» es producto de la infiltración reciente. Pero no hay bordos, no ha presas, no hay infraestructura capaz de retener e infiltrar. Todo lo dejamos ir, como si tuviéramos la abundancia de agua de la región de los Grandes Lagos.

México está a la altura de la franja de desiertos del mundo. Era para que hace años nos hubiéramos puesto atentos a captar agua. No lo hemos hecho. Pero no todo está perdido. A condición que dejemos a un lado la politiquería y nos pongamos a trabajar.

 
 

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