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2. La gran prioridad
Miguel Rivilla San Martín
La tarea y misión esencial de la
Iglesia, fundada por Jesucristo, que no es otra que salvar del fuego
eterno a todo hombre y a todos los hombres
Los millones de telespectadores que
pudimos seguir en directo desde nuestras casas el desarrollo del
espectacular incendio desatado en la madrileña calle de Alameda, cercana
al Paseo del Prado, al mediodía del jueves 15 de julio, fuimos testigos
del denodado y loable esfuerzo desarrollado por todas las autoridades
responsables para que el fuego no produjese víctimas humanas.
Esa y no otra fue la prioridad esencial
en que todos y todas las fuerzas intervinientes convergieron: Salvar del
fuego a las personas, fuera como fuera, incluso en contra de su voluntad.
Se les desalojó enérgica y
autoritativamente de sus domicilios, cercanos al foco del siniestro, se
les persuadió a que abandonasen todo (bienes, ropa, enseres etcétera) y
saliesen con lo puesto, con tal de librarse de las llamas y fuego
amenazantes. Todo el esfuerzo se dirigió de consuno a los más débiles y
amenazados por el inminente peligro de malograr sus vidas.
Tal actitud y comportamiento, sin la
menor discusión, merecieron la conformidad y aplauso generalizado. Y
ahora, al que esto escribe y en otro orden de cosas, le será lícito decir
que en este suceso ha visto reflejada la tarea y misión esencial de la
Iglesia, fundada por Jesucristo, que no es otra que salvar del fuego
eterno a todo hombre y a todos los hombres? Yo así lo creo.
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