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12. Confiados en la estadística

Jaime Septién

Desde hace algunos años observo que nos estamos volviendo católicos pelmazos, poco chambeadores para extender el Reino de Cristo entre nuestros contemporáneos.

Desde hace algunos años observo que nos estamos volviendo católicos pelmazos, poco chambeadores para extender el Reino de Cristo entre nuestros contemporáneos. Buenos para la queja y la crítica pero bastante malitos para arrimar el hombro y proponer, en comunidad, una tarea que ayude a enfrentar los desastres de la cultura de la sospecha en la que vivimos.

Como aquellos trabajadores de una clínica médica que se deprimieron por estar llenos de enfermos, nosotros nos deprimimos -y mucho- por tener que enfrentar al pecado y el mal. Hoy hablan pestes los noticiarios sobre nuestra Madre la Iglesia y como quien oye llover. ¿Que un partiducho de quinta quiere linchar a un obispo porque «se metió en política»? Nosotros tan calladitos. «Que lo linchen: ¿quién le manda andarse inmiscuyendo en lo que no es su sacristía…?».

Aunque sea por un instante, veamos cuál es la razón de ser de la Iglesia. La respuesta es sencillísima: evangelizar. Todos somos la Iglesia y, por tanto, todos debemos evangelizar, que no es cosa del otro mundo, sino llevar a Cristo pegado a nuestra ropa, a nuestras costillas, a nuestra palabra y a nuestra vida entera. Desde luego que eso causa escozor. Aun a los propios cristianos. Nos hemos dejado domesticar a las mil maravillas por una prensa gritona, por una televisión ignorante, por unos politiquillos enanos y presuntuosos, que ven en la raíz del catolicismo una fuerza verdadera y le echan montón para impedir su florecimiento.

Y luego, claro, las estadísticas: que si somos 88 por ciento de mexicanos católicos; que si somos 100 por ciento guadalupanos; que si todavía paseamos al santo del pueblo y asistimos en tumulto a bautizos, bodas, primeras comuniones... La verdad es que hemos agarrado el caminito de la excusa para defender nuestra pereza de actuar como hijos de Dios, hermanos de Jesús y miembros de la Iglesia. Es decir: para evangelizar.

Son muy pocos los católicos que conozco -desde luego yo no- que le han apostado a la santidad; los que han asumido vivir el Evangelio y llevarlo alzado, como se alza orgullosamente una insignia de devoción. En general, nuestras alegrías son las alegrías del mundo: el placer, el dinero, el éxito, que jamás son las alegrías de Jesús. Y nuestro papel en la transformación de México palidece.

Hay una puerta estrecha: la formación de una comunidad de testigos. Si somos valientes. Y aprendemos a gozar que Cristo está de nuestro lado. Porque notarse, no se nota, para nada, que hay mayoría de católicos aquí.

 
 

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